NiTanTanNiMuyMuy
Con el paso del tiempo me he vuelto una feminista moderada. Pero esa moderación es autónoma. Me explico: después de tanto batallar para reconstruir mi identidad, también quiero decidir cuánto de mí entrego, a quién y hasta cuándo.
Confieso que yo quería todo con el patriarcado: esposo, hijos, trabajo de maestra de prepa y, eventualmente, escribir un libro para orientar a los padres desesperados cuando sus hijos alcanzaran la pubertad. Hasta título le puse: Letters to Middle School Parents. Empecé reuniendo notas de mis estudiantes. Un día encontré una carta de amor en el pasillo.
¿Todavía se escriben cartas de amor?
Mi corazón ya estaba sano para entonces. Rebosante. Guardé la nota y dije: esta va para mi próximo libro.
El libro se quedó en sueño. Otros sí los escribí: los convertía en PDF y los aventaba gratis al mundo. En una que otra ocasión los puse en Amazon, sin éxito notorio. Hasta que un buen día me dije: oigan, no. Yo ya no tengo la edad ni la paciencia para darme toda. Toda arriesgada, radical, comunitaria, compartiendo lo que tanto me costaba aprender en una universidad de Estados Unidos, para luego regalarlo sin más ni más.
También cuesta aprender. También cuesta vivir mientras una aprende.
Después de que mi sueño patriarcal se convirtió en pesadilla, me quedó aquello de ser maestra de prepa. Como si conservar ese trabajo pudiera asegurar algún pedazo del sueño primario. Como si todavía fuera posible regresar a una casa que ya no existía como yo la había imaginado.
Mi cuerpo, sin embargo, seguía cumpliendo el contrato.
Todavía batalla para desprenderse de esa identidad de maestra que mantiene a sus hijos, al marido, rescata a sus alumnos y alumnas, a sus compañeras de trabajo y, ya encarrerada, a toda su comunidad. No, qué va. Está aferrada a mí como si le hubieran repetido durante muchas vidas que, a chaleco, esa era su misión.
Y una se vuelve feminista, pero la misión sigue trabajando horas extras.
Les sigo. En mis andanzas de feminista radical no me quedó de otra que desgranar las palabras y romper el contrato con las lectoras y los lectores. Había que desdoblarme para salir del infierno binario: buena o mala, esposa o puta, víctima o culpable. La escritura me permitió ensayar otra identidad cuando la que tenía ya no me dejaba vivir.
Para eso la risa se pinta sola. Aunque yo tuve que darle otros matices, porque, ah, cómo me regañaba esa maestra estricta de secundaria que llevo dentro. Y cómo me sigue todavía con su mueca seria.
—Ya, por favor —le dije últimamente—. No queda que me regañes ni que entre dientes me digas qué hacer.
Hasta para liberarme quería ponerme tarea.
Aquella escritora feminista que usó las palabras para salvarse y rearticular una identidad quedó quemada. Mientras otras ganaban prestigio, yo seguía tratando de reconstruirme.
“Así es el abarrote”, dicen en Monclova.
En cierto momento parecía que el chiste era destruirlo todo, quemarlo todo. Y así anduvimos. Pero después del incendio también hay que encontrar dónde sentarse. Algunas siguieron acumulando prestigio literario. Yo necesitaba averiguar cómo habitarme sin volver a convertirme en mi propia patrona.
Me bajé del macho, del caballo y de la yegua.
Ni madres.
Ahora que me autoproclamo sobreviviente, me permito tomar la creación literaria como un pasatiempo. Escribir cuando quiero, leer libros físicos, perder el tiempo entre páginas, dejar un manuscrito guardado. No quiero que cada frase tenga que demostrar mi disciplina ni que cada libro sea un examen de mi valor.
Yo digo que la escritura tiene curandería. Ya bastante sudor me cuesta escribir artículos académicos, con sus protocolos y revisores. Qué horrible mundo hemos hecho de la formalidad cuando hasta el placer tiene que presentar credenciales.
Pero ese no era el tema. O sí: estoy hablando de quién tiene autoridad para decirme cómo debo vivir.
Desde hace unos meses veo asomarse en las redes algo que llevaba tiempo moviéndose debajo del iceberg: discursos que defienden a los hombres, “pobrecitos”, mediante la sospecha generalizada contra las mujeres. Como si para reconocer el sufrimiento de un hombre fuera necesario desacreditar a todas las que denuncian violencia.
El caso del profesor Alberto Israel Jasso Cruz, del Instituto de Educación Media Superior de Ciudad de México, merece cuidado. Su muerte por suicidio fue reportada en julio de 2026, después de que una alumna presentara una denuncia por presunto abuso sexual. Él negó la acusación y la calificó de falsa. Pero en la información consultada no aparece una resolución que haya establecido esa falsedad. Su muerte tampoco demuestra culpabilidad.
Podemos lamentar su muerte sin convertir su versión en sentencia. Podemos tomar en serio una denuncia sin dar por probada la responsabilidad del denunciado. Lo que me inquieta es esa prisa por usar una tragedia como confirmación de todo lo que ya queríamos creer.
Un caso a la vez. Con sus hechos, sus testimonios y sus preguntas pendientes.
Las mujeres no somos enemigas naturales, ni intrínsecamente malas. Los hombres tampoco nacen destinados a ejercer violencia. Estamos inmersos en relaciones, instituciones y aprendizajes que nos enseñan quién debe cuidar, quién merece ser escuchado y quién tiene que justificar hasta su manera de sufrir.
Los feminismos de color, han cuestionado precisamente esas categorías que pretenden explicar a todas las mujeres de una sola vez, borrando diferencias de raza, clase, sexualidad e historia. Ese cuestionamiento atraviesa los trabajos de Kimberlé Crenshaw y María Lugones.
Yo conozco el veneno de ciertas ilusiones. Tenía una tejida con esposo, hijos, escuela y cartas de amor. La violencia de un hombre me la arrebató.
Si ustedes escuchan su versión, él se defenderá a capa y espada. Si escuchan las versiones de varios hombres que continuaron en mi vida, encontrarán al más mustio, al más inocente, al más incomprendido.
Y yo fui la gran puta.
Qué facilidad para repartir personajes. Qué difícil escuchar a una mujer cuando se sale del papel que le habían asignado.
Mi moderación nace también de ahí: de querer pensar sin que otro coro me dicte la conclusión. De poder reconocer el dolor de alguien sin entregarle mi criterio. De seguir nombrando la violencia y, al mismo tiempo, negarme a convertir a cada persona en representante de todo su género.
También nace del cansancio. Ya no quiero rescatar a todo el mundo. Quiero que mi trabajo tenga valor, que mi conocimiento encuentre reciprocidad y que mi escritura conserve un espacio donde pueda respirar. Eso: respirar con todos los dientes. Sin que el infierno de las jerarquías y la competencia me arrastre a confrontaciones ni me enseñe, otra vez, a ponerme de modo pa’ que me den.
No. Eso ya no.
Todavía guardo aquella carta de amor en la memoria. Me gusta pensar en la maestra que la recogió, con el corazón rebosante y un libro por venir. No me burlo de ella. Bastante le costó llegar hasta ahí.
Pero ya no tiene que salvarnos a todos.
Ni tan tan ni muy muy. La medida la pongo yo.
