viernes, 15 de agosto de 2014

Las abuelas


Tren 1948
Nos subimos al tren que veía pasar el tiempo; extrañaba el abrazo arropado de mi madre. Al devenir las horas de viaje ella desaparecía hasta que vi su mano peinar mi cabeza. Yo tenía 10 años y el tren iba y regresaba a lo mismo. Los momentos suelen ser eternos. Los humanos circulamos en la misma rueda una y otra y otra vez.
No veíamos a mi hermana mayor hacía varios años. El tren en la estación de Rosario, Durango, y las distantes cartas eran la única forma de comunicación. Yo era la niña que siempre quise tener cuando adulta porque mi mamá me decía, Reinalda, la reina de su vida. Mi papá y hermano eran músicos; tocaba en la orquesta de Durango. Con trabajos y esfuerzo ponían comida en la mesa y vivíamos decentes. Mi hermano y mi padre ofrecían sus servicios en fiesta privadas. “Pagan bien”, dijo mi padre.
—La semana próxima los Lugo dan a su hija, nos van a contratar y con el pago se van a ver a Juana.
Cuando mi padre hablaba, las cosas se cumplían. Entonces me asomé por la ventana a esperar la noche, el encanto de la luna sobre los objetos de mi recámara me entregaban al futuro viaje. Acomodé el diminuto banco de madera con un sol trazado; lo puse en la esquina. No quería ver la luna de frente porque cerraría los ojos al esplendor; perdería la esperanza. Esa noche, después de cenar, mi madre tejió mi cabello en trenza de repulgo; empezaba en la coronilla y culmina en la nuca. El aro de la luna se acomodaba perfecto en mi cabeza. Mi parte favorita al entrar a mi recámara era cuando la luz de la luna reposaba en la cubrecama morada, veía el aro en todas partes. Las formas adquirían la segunda dimensión. Imaginaba asomar mi mirada desde la ventana de un tren.
Mi hermano viajó en dos ocasiones desde Rosario hasta Chihuahua, decía que viajar en tren era la cosa más hermosa del mundo y que el verde de los vagones le recordaba a las plantas de la casa. Yo era tímida y apenas si alcancé a preguntar por el otro color del tren. Rojo, dijo e inmediatamente abrió mi cuaderno de dibujo para ver el reciente trazo. Cada vez que mi hermano asomaba su mirada a mi cuaderno los nervios subían por los tobillos y creo que los detenía el corazón porque él al verme soltar el suspiro repegaba su mano en mi cabeza, meneaba mi cabello y decía: “Síguele, los trenes te salen muy bien. Ver la fotografía del almanaque fue suficiente, captaste más de lo que se ve ahí. Me gustaría escuchar el sonido en esta hoja”. Luego tomaba la guitarra y requinteaba.
—Mira tu-tuu-tuuu-, prm-prm-prm; movemos la cuarta cuerda, trac-trac-trac-trac y luego nos regresamos, cart-cart-cart-cart, mrp-mrp-mrp, ut-uut-uuut. A ver, dibuja el sonido.
Y se iba, seguro de haber dejado en mí la claridad del sonido.
—Antes de que te vayas, ¿cómo se llaman? -Le pregunté señalando la fotografía del calendario.
–Rieles, se llaman rieles y la parte de arriba es la cabeza, la del centro es el alma y la de abajo se llama patín. –“Alma, los rieles tienen alma”, pensar que muy pronto viajaría en un vehículo que tenía alma saturó mi pecho de entusiasmo.
Esa noche me fui a la cama con una pregunta específica: ¿Cómo dibujar el alma del tren? El claro de la luna me daba en la palma de las manos. Recordé que mi mamá me había dicho una vez: “Si quieres que tus sueños se cumplan, pon una moneda de plata en un vaso de leche y lo dejas serenar a la luz de la luna”. Me levanté a servir el vaso de leche fresca, la moneda la guardaba debajo de mi colchón. La magia se asomó: soñé fragmentos del viaje hacia mi hermana mayor y que las personas al ver mis ilustraciones alcanzaban a escuchar el alma del tren. Soñé a mi mamá arroparme con su reboso y a mi hermana leyendo mi pintura y la carta de que pronto llegaríamos. La pintura fragmentada daba saltos en el tiempo, borraba agravios y sufrimientos. Desperté angustiada, mi madre movía mi cuerpo.
—Vamos, hija. Ahora sí veremos a tu hermana.
Di un salto preocupada por mis sueños. Tres días luego estábamos en la estación de Rosario, era 29 de diciembre de 1948. Mi hermano tomó mi mano, vio mis ojos ceñirse al radiante sol, me empujó hacia adentro. En ese momento supe que mi historia ya iba en el tren.
El tren no era verde ni rojo, tampoco sonaba como dijo mi difunto hermano, ni siquiera alcancé a ver el patín del riel ni el alma dando vueltas. Las prisas hicieron poner nuestros cuerpos en los incómodos sillones.
¿En qué momento fui la adulta con mi nieta de 10 años? A ella, su hermano le canta la misma canción que solía cantar mi hermano. Cada vez que viajo en tren mi madre viene a acariciar mi cabeza. Mi hermana nos espera en la estación de Frontera Coahuila, pasaremos largas horas hablando de mamá. Cierro los ojos imaginando el mejor de los ambientes y el mural que pintaré en la estación tendrá la capacidad de sacarme de la repetitiva rueda. Aprecio los matices del astro rey sobre los objetos.
Hace sesenta años desde la primera vez que viajamos en tren y voces  casi idénticas a la niñez; entre las memorias tenemos el poder generacional de ver el sol dando de frente al acertado vagón de las abuelas.


Hila
Mi abuela se escondía tras la pañoleta que formaba ambiguas curvas de casco protector de locuras. De pronto la descubrí entre la nebulosa y la gigante abeja que me custodiaba desde el mar, la misma que dirige el relato de los antepasados que nos hilan hasta la fotografía del pan de despedida y cierre de ciclos tediosos.
Yo era muy pequeña cuando supe de tajo que la enfermedad de mi abuela había sido inventada cual lo que escribo. Hace muchos años ella se diagnosticó. Padecía de efisema pulmonar, y vaya que sí porque a menudo yo era testigo de los escupitajos verdes que aventaba en la pared blanca de su dormitorio que al pasar el tiempo daban testimonio de sus tortuosos males mentales y de ser el lienzo preferido de los borrachos e historias no muy dignas de ser contadas. Ella sometía la mayor parte del tiempo a quejarse, caminaba arrastrado los pies mientras el término de sus zapatos se doblaba irremediable, daban salida al callo encima del talon. Ella, se arropaba con tres o cuatro capas en pleno verano. Yo, bebé, la observaba mientras gateaba, lo puedo describir porque durante una terapia de hipnosis vi su faldón guinda cubriendo mi cabecita, luego sus chalupos zapatos que no daban tregua al andar, estaban saturados de polvo añejo, pegado en las hormas de una u que iba al frente, sí, casi a la salida de la uña saltona del dedo gordo. Ella me levantó del suelo, sacudió los pequeños grumos de mis mejillas, consecuencia de la galleta de animalitos que se suponía yo no debería comer. Cerró bruscamente el biberón cuyo contenido no he podido desprender hasta la fecha, rico Nescafé negro. Solo a la abuela se le trepaba la idea de alimentar a la nena con café. Ella metió la mamila a mi boca, me recostó y arrulló con fuerza. Mamé hasta la última gota inhalado sus graciosas líneas, habían sido puestas ahí para asustarme y a la larga joderme la estancia en la tierra. Durante la terapia vi su rostro saturado, herido, oscuro, envuelto en una pañoleta tiesa de la suciedad de días, semanas quizá. Ese terco casco aún lo puedo ensamblar en mi cabeza.
No temí, porque someterse a una hipnosis es como ver una película, poseer el don de  editar las partes que no gustan; a veces es posible borrarla por completo debido a la ira que provoca el churro.
Lo que más me asustó fue regresar del estado somnoliento y manipulador, cotejar algunos datos con mi madre, y hermanas que al final resultaron verdad. Entonces, me tomé muy en serio contemplar detenidamente mi comportamiento presente, decidida, forcé el cambio a los programas en mi memoria. Muriendo en el intento siete años transcurrieron, siete hasta concluir que aceptar el pasado, lo bueno y lo malo era mucho mejor que someter a mi mente a decretos que sólo creía por temporadas. Durante varios años recordé a ese personaje tan extraño, complicado, odiado y amando por mí, la abuela.
 La tarde que pensé su muerte, por ejemplo. Cuando ella inocentemente cruzaba el patio de las casas que nos dividían y se dirigía a comprar unas papas y cebolla a la tiendita de mi padre. Yo tenía once años y jugaba con la arena, aventaba piedras al árbol que espantaba a las palomas que mi padre criaba para después comérselas en caldo. Recosté mi cuerpo, ella pasó apurada, con los mismos zapatos de hacía diez años, entonces; fue entonces cuando pensé. -Ojalá y está vieja se muera mañana mismo-. Así quedó el decreto, voló por los cielos y fue fotografiado por los seres que se encargan de cumplir mis deseos. Cuál fue mi sorpresa al ver a mi abuela regresar y tomar mi mano derecha con fuerza, me levantó con cariño y me llevó hasta su ropero, abrió la parte del espejo y me regaló el atesorado pan duro, y dijo, – come Hilita, come de seguro tu mamá no te da pan, come Hila-. A lo que yo le contesté. – Hilda, abue, Hilda-. - Sí, sí Hila-.
 Y soltó la carcajada segura de ser testigo de mi rabieta la cual disfrutaba mucho y agregó. – Todo te crees, todo te crees Hilita. Pero hila, nunca te olvides de hilar-.
Al día siguiente mi abuela fue encontrada tirada en el filo de la puerta, resbaló. Se la llevaron al hospital e imediatamente la declararon muerta. Jamás le confesé a nadie que yo había deseado su muerte, me arrepentía una y mil veces. Varios años la idea de haberla provocado con mi pensamiento me torturó, me persiguió hasta los sueños.
A menudo imaginaba que la vería entrar y cuidarme, abrir el ropero, poner la estufa de leña, calentar el agua, y servir en la mesa mi bebida favorita prohibida por mi religión y mi madre, el café. Al regresar de mi escuela solía sentarme en la banqueta a devolver el decreto, repetía hasta el cansancio, - ojalá vivas muchos años, ojalá revivas-. Creo que desde entonces mis sueños fueron mi consuelo, la visité por primera vez cuando tenía 21 años. Vendía  bienes raíces, llevaba un vestido dorado con negro. Después habló conmigo muy seriamente acerca de su arrepentimiento al haber escapado de la realidad, haber inventado la enfermedad, haber vestido los pesados abrigos en época de verano, haber agobiado a mi mamá con tonterías. Luego la soñaba venir  de las flores, cargaba canastos de frutas, iba vestida ligero, invitaba a una fuente que concede deseos de salud, amor y buena suerte, durante veinte años no atiné a pedirlos. Todavía el peso de predecir su muerte me paralizaba, sentía que no merecía poner claro mis pensamientos y anhelos. Ella o el ser que se comunicaba conmigo del más allá que se parecía muchísmo a ella no habló del tema. Una mañana le confesé a mi mamá lo sucedido a mis once años, se llevó las manos a la boca y dijo – Válgame Dios Hildita pero si tu abuela se tenía que morir porque era su tiempo no porque tú lo hayas pedido,  es que tú probablemente puedas ver lo que pasará-.
Esa confesión sacó una daga que estaba enterrada en el centro de mi pecho. En realidad no sé si pueda ver o no el futuro, tampoco puedo ver los eventos como hechos aislados o producto de la casualidad, ni mi mente ni mis emociones lo permiten mucho menos al recordar la omisión de la d en mi nombre.
Mi abuela habló del hilo que arrancó en los anagramas, y veo que ella adelantó el hecho de narrar, soneto, letra, lotería, ángel, red, alto, tengo, tele, ganar, orar, neta, hada, hila, iré, ato, ala, día, gato, Aura, son algunas palabras que emergen de mi nombre, forman parte del aburrido ciclo humano y el pan duro de cada día.


Error se escribe con h.

A. descubrió que en cinco meses mis historias de fracaso pasarían a formar parte del pasado, –lleva  a cabo ciertos actos de psicomagia, el inconsciente va a saber  abandonar anécdotas intrincadas y saturadas de errores; será metáfora, no temas-.
Cuando era niña y aprendí a escribir la maestra nos encargó de tarea dibujar y escribir una palabra que iniciaría con la sílaba ma/me/si/ so/ su/ al final del dibujo. Deberíamos titular nuestro trabajo. Lo titulé Herrores. La maestra me regañó, se burló de mi falta ortográfica. Yo apenas tenía seis años y el primer dibujo iba dedicado a mis padres. Mi mamá lavaba, dentro del cuadro había un ojo viendo algo; enseguida  mi papá sentado bajo las nubes, le sacaba punta al lápiz con su adorada daga.  Le escribí la palabra mamá.
El siguiente dibujo fue mi casa, era una casa con pórtico de entrada en forma de triángulo,  de donde salía humo de la chimenea; luego un rectángulo formaba el resto. La puerta iba al centro y de ahí un camino en forma de curva daba a otra casa. Dibujé una familia y una ambulancia. Los hados, mientras sus habitantes dormían, les mostraban trucos de magia para ser dichosos y a veces los duendes les jugaban bromas. Le puse la palabra melo.
En el tercer dibujo estaban unas brujas, pero eran brujas buenas, con trenzas en la cabeza y cuerpo de víbora,  de sus piernas saltaban pelos y sus manos siempre rogaban al cielo  curar a las personas con sus cuentos y ungüentos. A este dibujo le escribí silencio porque la maestra repetía la palabra varias veces al día. Silencio, silencio; nos advertía.
 El cuarto dibujo fue dedicado al futuro; junté dos delgados óvalos. Con las dos manos cargaba los certificados que ya me había ganado cuando adulta, de mi cabeza salían plumas teatrales, y alas, los zapatos que llevaba puestos eran de lujo, apuntaban a los dos lados porque todavía no tenía noción del juicio. Mis faldas eran amplias, se esponjaban. Mi cabello largo, le saltaban brillos. Le dediqué la palabra solo.
El quinto y último dibujo estaba saturado de gente, eran mis hermanos y familiares, además yo estaba en el centro de un teatro grande; las gradas se ocuparon de personas que fueron a escucharme, a saludarme, entonces tracé manos tocando mis manos, abrazos dotados de líneas en el sentido hacia arriba con cinco rayones cada una que representaban los  dedos, recuerdo que cuando dibujaba, los dedos se peleaban por ser del mismo tamaño, tuve que recordarles para qué servía cada uno, finalmente comprendieron que cada parte del cuerpo tiene su función y es sagrada. Le escribí la palabra subir.
 Junté los cinco dibujos, les hice tres orificios con la daga que mi papá usaba para sacrificar marranos. Le pedí a mamá que amarrara las hojas con estambre morado.
Las hojas salieron volando en el tiempo, mi mamá dejó de lavar la ropa porque su arqueada espalda y sus prominentes pechos ya no aguantaron el peso. Mi papá se hizo amigo de los cerdos, platica con ellos en Ciudad Juárez.
Cuando le entregué mi tarea a la maestra F. apenas amanecía, eran las 7.30 am; abrí los ojos y estaba en El Paso Tx, mis dibujos se habían convertido en realidad, vivía en una cabaña con triángulo de lado. Recostada en un sillón que daba al río,  había pasado dos días leyendo a A. y yo escribía en una lista las cosas del error que aceptaba en mi vida.
A. dijo que debería sellar la lista con sangre, la sangre la extraje de mis encías temblorosas. Leí que enterrara las palabras dolosas y puse encima una maceta. Lo hice. Además de la maceta, adorné el espacio exterior con una bicicleta amarilla; desde entonces sé que error sí se escribe con h porque es muda y sigue sin hablar.  

 Querido lector:
La creación literaria es sin duda un deleite pero también es arduo trabajo. Favor de citar debidamente a la autora (Hilda Yaneth Sotelo).