lunes, 17 de marzo de 2014

El batir de las alas.

No me puedo quitar de la mente la propuesta que me hizo hace años; hubiéramos sido felices o al menos más decentes que ahora, nada hubiera muerto. Las morales que me enseñó la abuela Huerta no dejaron linea en mí. Ustedes dirán.
Quedamos de no vernos, lo juro. Hace años nos dimos el beso brujo y la despedida. Nos conocimos un 31 de octubre. Al siguiente día el sol no se asomó, a lugar, las nubes nos arropaban cargadas de rayos densos, oscuros. Íbamos manejado rumbo a Ruidoso, las voces peligraban. Decidí callar. Decidí escuchar el barullo de nuestra mente. Él explicó cómo el peso lo atrapó sin remedio y la decisión de comer menos carne lo había puesto dentro de sus ropas otra vez. 
Vamos muertos por la vida, qué importa el peso. Pensé.
Él continuaba sus narrativas pasadas mientras yo evoco el sufrir.
Recién un par de delincuentes habían acertado los tiros al robar mi Jeep que con tanto sacrificio decentemente adquirí. Esa noche los desgraciados removieron la paz de mi corazón, el susto no fue para menos. Algo me jaló hacia arriba y observé la escena del crimen desde el techo de la casa. Clarito vi que me asesinaron, desde entonces la sangre se  heló, casi no hay torrente apasionado solo cuando miro a mi acompañante; la pasión por los obstáculos me trae a la carretera y manejo mi auto en extraña dirección. Recuerdo el asalto a mano armada y las cabezas inmundas que rondaron los dos días siguientes; un pendejete periodista a quien la violencia en la Ciudad definitivamente lo trastornó al punto que se cree Napoleón o no sé quién demonios; me ofreció la primera plana de su periodicucho, dame una entrevista y va de pasada lo del grupo de escritores, ándale. La propuesta hedía pero en aras a la guerra, la sangre y la imbecilidad humana pasé por alto el agravio, continué mi camino. 
Me distrajo el revoloteo de las avecillas negras. Solían acercarse demasiado a mi auto, presentían lo fatal.
Él auscultó mi perfil, mis manos al volante, mi vientre plano ausente de vida, se asomaba a mi tobillo, callaba esperando el siguiente tema a seguir. Yo apenas lo veía de reojo pero escuchaba claro su reciente experiencia profesional. ¿Sabes de ese ejercicio sobre la confianza, el que debes tirarte hacia atrás y mientras alguien más espera tu caída para levantarte?. Pregunté. Repetí la pregunta en mis adentros; ¿el periodista había estado esperando mi caída acaso? Sí, pero no pretendió levantarte solo te usó, tonta. 
Mi acompañante sorprendido admitió haber implementado la actividad recientemente. Eres rara, Sabes que el aleteo de las aves me tiene harto, desconfío de esos pajarracos negros. 
Deja de meterte en su mente. Sentenciaba.
Sintonicé la estación Órbita, estábamos lejos de la ciudad y construir diálogos a pleno campo abierto, era sencillo. De cuando en cuando emitía alguna frase para comprobar si lo que escuchaba salir de su pensamiento era idéntico. El ruido al encender la radio dejó en  mis sentidos la señal  que había estado esperando. Él me ordenó dentener el auto, bajamos, me condujo hacia un camino que daba a una casa de adobe, me tomó la mano, buscó resguardo porque las gotas de lluvia amenazaban el torrencial a continuación. Un árbol chiflaba entre las ramas y el paraje; él reposó su cuerpo en el tallo. Acariciaba meses de separación. Cuando hubo terminado de besarme, señaló hacia el cielo y la casa. Corrimos empapados, tocamos la puerta endemoniados de prisa. La abuela Huerta atendió. Trajo toallas, encendió la chimenea, preguntó por la nube de aves que nos seguía, nos advirtió que ésas nos esperarían al final de camino. Mudadas las ropas, regresamos al auto. Quieres casarte conmigo. Lo escuché decir, abrí mis oídos, no daba crédito; él debería divorciarse antes de proponerme matrimonio. ¿Qué dijiste?- Nada-. Respondió. Te advierto que el matrimonio no me interesa, ni se te ocurra dejar a tu esposa, no quiero cargar contigo por el resto de mis días.  Él sonrió, se llevó sus manos a la cabeza aparentando no escuchar. Pinche bruja; claro que no dejaré a mi esposa, ni mi vida, ni mi historia.
Me iba muy bien el manejar mi propio destino pero me fue mejor volver mi corazón a Dios. La historia pretendía salirse de control porque las brujas se la adueñaban. En estos tiempos es difícil confiar a los timbres y los tonos femeninos. No hay hilo conductor al menos que te conozcas y no pongas en manos de otros tus historias. ¡Horror al aparato reproductivo!
Cuando llegamos a Ruidoso, el calor de la cabaña borró de la memoria los enfados, a mí me tocó estar encima, abrir las alas mensajeras, me prometí no verlo, por prohibido. En medio del amor y al paso de los años todavía lo recuerdo decir - siento el batir de las alas-. Yo vi al ángel de la amargura brotar de su pecho.