domingo, 7 de diciembre de 2014

Feminismo humeante

La tercera ola feminista reza que las diversidades femeninas, el multiculturalismo, la solidaridad adquiere atención especial, sucede en los años ochenta. La cuarta ola feminista sucede hoy; entre los absurdos presidenciales, la catastrófica diferencia de clases sociales y el racismo en México; el horror perpetrado, y el despertar del ciudadano de a pie, no así de la clase política que se aferra a roncar y sostener sofismas haciendo   gala del  despliegue teatral. Rosario Robles observa lo que obviamente lleva puesto en sus ojos, la envidia, según su perspectiva los mexicanos nos contamos el relato del flojo, solitario, deseamos lo que Angélica Rivera tiene, fama y fortuna. 
Al parecer Rosario Robles una de las primeras mujeres activas de la política mexicana, se quedó mal atorada en el feminismo de la tercera ola “lo personal es político”  aseguran; ya en la tercera ola lo personal debe salir a la luz pública y debe aplicar para cada circustancia que atañe a la mujer. 
La Sra Angélica Rivera, hizo del dominio público una declaración sobre sus casas, declaración saturada de parpadeos, contradicciones y rabietas  adolescentes. ¿hasta cuándo los gobernados  necesitaremos primeras damas o secretarias de desarrollo social que defiendan la falsedad? . No estoy en contra del feminismo que pretende enarbolar Rosario Robles;  las mujeres en México tenemos debates que enfrentar, no es eso lo que incomoda y me hace saltar del asiento cuando leo la nota donde defiende   y nos tacha de envidioso; lo que impresiona es la impresición, el discurso retorcido de Rosario Robles y la justificación tras la declaracion “en el ámbito político a las mujeres se les ataca no por sus decisiones políticas, sino por sus determinaciones personales. Me ha tocado enfrentar ataques... por mis relaciones privadas” (La Jornada).  Rosario Robles no comprende que México y el mundo ya cambiaron, ignora la cuarta ola feminista que camina al paso acelerado de la información propagada por  medios alternativos que descubre la verdad de los asuntos personales y da peso a la congruencia con lo público, en una palabra la cuarta ola feminista vive como predica. Se acabaron las falsas, se terminaron las eternas verborreas de odio hacia el género masculino, el manifiesto BITCH pasa a ser un documento para la historia. La cuarta ola del feminismo consciente no humeante, la conforman tanto hombres (quienes cooperan) como mujeres, promulga el cese de la guerra entre géneros e invita a la sociedad en su totalidad a comprometerse por la igualdad y la justicia. El feminismo sigue vigente porque la realidad nos dice que es importante hacer cumplir la  ley de igualdad de género y erradicar de nuestros sistemas las desventajas del patriarcado tan embonado en la psique femenina. 
En la cuarta ola participan las consciencia avanzadas. Jesús Armando Molina nuestro cuenta cuentos y escritor local dice y demuestra haber internalizado el feminismo al sugerir que todos seamos feministas.  La cuarta ola no  defiende lo absurdo, es desnuda, transparente y su objetivo es avanzar, crear consciencia, dar la cara entre el respeto y la autocrítica. Mujeres como Rosario Robles empañan al feminismo con semejantes declaraciones, defendiendo lo indefendible. Los mexicanos no reclamamos ni estamos inconformes por la belleza y “éxito” económico y profesional de la actriz, no; el asunto es que la fantasía novelera ya no nos maneja, el asunto es que cualquier mujer con y sin educación académica se ofende al escuchar la versión actuada sobre la casa blanca. Las mexicanas queremos que la región de la ficción se quede en el libreto de la imaginación de presidente y su Gaviota, queremos que terminen su ventajosa manipulación; escuchar la simpatía  de Rosario Robles hacia Angélica Rivera, la lleva inmediatamente a lo que dijo Juan Villoro de Enrique Peña Nieto, a estar atrapada en el guión de telenovela; “promete mucho y se celebra mucho a sí mismo”. Entonces Rosario Robles sufre del delirio en el espejo, piensa que envidiamos a la Gaviota, ¿envidiar qué? la frivolidad con la que se conduce, la actuación, la mentira, la ignorancia.  La mujer mexicana  está cuestionando  a la actriz-primera dama aunque para muchas es la última, la cuestiona porque en las declaraciones las cuentas no cuadran, porque su casa blanca multicolor por dentro habla de una desigualdad social perversa y payasada interna, habla de las otras mujeres esposas de los ex presidentes  otrora idealizadas por la mayoría, habla de la podredumbre deli-gobierno en la que está sumido el país; las mujeres y los hombres la atacan le lanzan letras letales porque el fin del culebrón ha llegado  y  el o la que defiende la versión ilusoria  tiene mucho  humo que limpiar en su espejo; continuará encerrada es su propia opresión y ni la séptima ola la podrá salvar.

viernes, 15 de agosto de 2014

Las abuelas


Tren 1948
Nos subimos al tren que veía pasar el tiempo; extrañaba el abrazo arropado de mi madre. Al devenir las horas de viaje ella desaparecía hasta que vi su mano peinar mi cabeza. Yo tenía 10 años y el tren iba y regresaba a lo mismo. Los momentos suelen ser eternos. Los humanos circulamos en la misma rueda una y otra y otra vez.
No veíamos a mi hermana mayor hacía varios años. El tren en la estación de Rosario, Durango, y las distantes cartas eran la única forma de comunicación. Yo era la niña que siempre quise tener cuando adulta porque mi mamá me decía, Reinalda, la reina de su vida. Mi papá y hermano eran músicos; tocaba en la orquesta de Durango. Con trabajos y esfuerzo ponían comida en la mesa y vivíamos decentes. Mi hermano y mi padre ofrecían sus servicios en fiesta privadas. “Pagan bien”, dijo mi padre.
—La semana próxima los Lugo dan a su hija, nos van a contratar y con el pago se van a ver a Juana.
Cuando mi padre hablaba, las cosas se cumplían. Entonces me asomé por la ventana a esperar la noche, el encanto de la luna sobre los objetos de mi recámara me entregaban al futuro viaje. Acomodé el diminuto banco de madera con un sol trazado; lo puse en la esquina. No quería ver la luna de frente porque cerraría los ojos al esplendor; perdería la esperanza. Esa noche, después de cenar, mi madre tejió mi cabello en trenza de repulgo; empezaba en la coronilla y culmina en la nuca. El aro de la luna se acomodaba perfecto en mi cabeza. Mi parte favorita al entrar a mi recámara era cuando la luz de la luna reposaba en la cubrecama morada, veía el aro en todas partes. Las formas adquirían la segunda dimensión. Imaginaba asomar mi mirada desde la ventana de un tren.
Mi hermano viajó en dos ocasiones desde Rosario hasta Chihuahua, decía que viajar en tren era la cosa más hermosa del mundo y que el verde de los vagones le recordaba a las plantas de la casa. Yo era tímida y apenas si alcancé a preguntar por el otro color del tren. Rojo, dijo e inmediatamente abrió mi cuaderno de dibujo para ver el reciente trazo. Cada vez que mi hermano asomaba su mirada a mi cuaderno los nervios subían por los tobillos y creo que los detenía el corazón porque él al verme soltar el suspiro repegaba su mano en mi cabeza, meneaba mi cabello y decía: “Síguele, los trenes te salen muy bien. Ver la fotografía del almanaque fue suficiente, captaste más de lo que se ve ahí. Me gustaría escuchar el sonido en esta hoja”. Luego tomaba la guitarra y requinteaba.
—Mira tu-tuu-tuuu-, prm-prm-prm; movemos la cuarta cuerda, trac-trac-trac-trac y luego nos regresamos, cart-cart-cart-cart, mrp-mrp-mrp, ut-uut-uuut. A ver, dibuja el sonido.
Y se iba, seguro de haber dejado en mí la claridad del sonido.
—Antes de que te vayas, ¿cómo se llaman? -Le pregunté señalando la fotografía del calendario.
–Rieles, se llaman rieles y la parte de arriba es la cabeza, la del centro es el alma y la de abajo se llama patín. –“Alma, los rieles tienen alma”, pensar que muy pronto viajaría en un vehículo que tenía alma saturó mi pecho de entusiasmo.
Esa noche me fui a la cama con una pregunta específica: ¿Cómo dibujar el alma del tren? El claro de la luna me daba en la palma de las manos. Recordé que mi mamá me había dicho una vez: “Si quieres que tus sueños se cumplan, pon una moneda de plata en un vaso de leche y lo dejas serenar a la luz de la luna”. Me levanté a servir el vaso de leche fresca, la moneda la guardaba debajo de mi colchón. La magia se asomó: soñé fragmentos del viaje hacia mi hermana mayor y que las personas al ver mis ilustraciones alcanzaban a escuchar el alma del tren. Soñé a mi mamá arroparme con su reboso y a mi hermana leyendo mi pintura y la carta de que pronto llegaríamos. La pintura fragmentada daba saltos en el tiempo, borraba agravios y sufrimientos. Desperté angustiada, mi madre movía mi cuerpo.
—Vamos, hija. Ahora sí veremos a tu hermana.
Di un salto preocupada por mis sueños. Tres días luego estábamos en la estación de Rosario, era 29 de diciembre de 1948. Mi hermano tomó mi mano, vio mis ojos ceñirse al radiante sol, me empujó hacia adentro. En ese momento supe que mi historia ya iba en el tren.
El tren no era verde ni rojo, tampoco sonaba como dijo mi difunto hermano, ni siquiera alcancé a ver el patín del riel ni el alma dando vueltas. Las prisas hicieron poner nuestros cuerpos en los incómodos sillones.
¿En qué momento fui la adulta con mi nieta de 10 años? A ella, su hermano le canta la misma canción que solía cantar mi hermano. Cada vez que viajo en tren mi madre viene a acariciar mi cabeza. Mi hermana nos espera en la estación de Frontera Coahuila, pasaremos largas horas hablando de mamá. Cierro los ojos imaginando el mejor de los ambientes y el mural que pintaré en la estación tendrá la capacidad de sacarme de la repetitiva rueda. Aprecio los matices del astro rey sobre los objetos.
Hace sesenta años desde la primera vez que viajamos en tren y voces  casi idénticas a la niñez; entre las memorias tenemos el poder generacional de ver el sol dando de frente al acertado vagón de las abuelas.


Hila
Mi abuela se escondía tras la pañoleta que formaba ambiguas curvas de casco protector de locuras. De pronto la descubrí entre la nebulosa y la gigante abeja que me custodiaba desde el mar, la misma que dirige el relato de los antepasados que nos hilan hasta la fotografía del pan de despedida y cierre de ciclos tediosos.
Yo era muy pequeña cuando supe de tajo que la enfermedad de mi abuela había sido inventada cual lo que escribo. Hace muchos años ella se diagnosticó. Padecía de efisema pulmonar, y vaya que sí porque a menudo yo era testigo de los escupitajos verdes que aventaba en la pared blanca de su dormitorio que al pasar el tiempo daban testimonio de sus tortuosos males mentales y de ser el lienzo preferido de los borrachos e historias no muy dignas de ser contadas. Ella sometía la mayor parte del tiempo a quejarse, caminaba arrastrado los pies mientras el término de sus zapatos se doblaba irremediable, daban salida al callo encima del talon. Ella, se arropaba con tres o cuatro capas en pleno verano. Yo, bebé, la observaba mientras gateaba, lo puedo describir porque durante una terapia de hipnosis vi su faldón guinda cubriendo mi cabecita, luego sus chalupos zapatos que no daban tregua al andar, estaban saturados de polvo añejo, pegado en las hormas de una u que iba al frente, sí, casi a la salida de la uña saltona del dedo gordo. Ella me levantó del suelo, sacudió los pequeños grumos de mis mejillas, consecuencia de la galleta de animalitos que se suponía yo no debería comer. Cerró bruscamente el biberón cuyo contenido no he podido desprender hasta la fecha, rico Nescafé negro. Solo a la abuela se le trepaba la idea de alimentar a la nena con café. Ella metió la mamila a mi boca, me recostó y arrulló con fuerza. Mamé hasta la última gota inhalado sus graciosas líneas, habían sido puestas ahí para asustarme y a la larga joderme la estancia en la tierra. Durante la terapia vi su rostro saturado, herido, oscuro, envuelto en una pañoleta tiesa de la suciedad de días, semanas quizá. Ese terco casco aún lo puedo ensamblar en mi cabeza.
No temí, porque someterse a una hipnosis es como ver una película, poseer el don de  editar las partes que no gustan; a veces es posible borrarla por completo debido a la ira que provoca el churro.
Lo que más me asustó fue regresar del estado somnoliento y manipulador, cotejar algunos datos con mi madre, y hermanas que al final resultaron verdad. Entonces, me tomé muy en serio contemplar detenidamente mi comportamiento presente, decidida, forcé el cambio a los programas en mi memoria. Muriendo en el intento siete años transcurrieron, siete hasta concluir que aceptar el pasado, lo bueno y lo malo era mucho mejor que someter a mi mente a decretos que sólo creía por temporadas. Durante varios años recordé a ese personaje tan extraño, complicado, odiado y amando por mí, la abuela.
 La tarde que pensé su muerte, por ejemplo. Cuando ella inocentemente cruzaba el patio de las casas que nos dividían y se dirigía a comprar unas papas y cebolla a la tiendita de mi padre. Yo tenía once años y jugaba con la arena, aventaba piedras al árbol que espantaba a las palomas que mi padre criaba para después comérselas en caldo. Recosté mi cuerpo, ella pasó apurada, con los mismos zapatos de hacía diez años, entonces; fue entonces cuando pensé. -Ojalá y está vieja se muera mañana mismo-. Así quedó el decreto, voló por los cielos y fue fotografiado por los seres que se encargan de cumplir mis deseos. Cuál fue mi sorpresa al ver a mi abuela regresar y tomar mi mano derecha con fuerza, me levantó con cariño y me llevó hasta su ropero, abrió la parte del espejo y me regaló el atesorado pan duro, y dijo, – come Hilita, come de seguro tu mamá no te da pan, come Hila-. A lo que yo le contesté. – Hilda, abue, Hilda-. - Sí, sí Hila-.
 Y soltó la carcajada segura de ser testigo de mi rabieta la cual disfrutaba mucho y agregó. – Todo te crees, todo te crees Hilita. Pero hila, nunca te olvides de hilar-.
Al día siguiente mi abuela fue encontrada tirada en el filo de la puerta, resbaló. Se la llevaron al hospital e imediatamente la declararon muerta. Jamás le confesé a nadie que yo había deseado su muerte, me arrepentía una y mil veces. Varios años la idea de haberla provocado con mi pensamiento me torturó, me persiguió hasta los sueños.
A menudo imaginaba que la vería entrar y cuidarme, abrir el ropero, poner la estufa de leña, calentar el agua, y servir en la mesa mi bebida favorita prohibida por mi religión y mi madre, el café. Al regresar de mi escuela solía sentarme en la banqueta a devolver el decreto, repetía hasta el cansancio, - ojalá vivas muchos años, ojalá revivas-. Creo que desde entonces mis sueños fueron mi consuelo, la visité por primera vez cuando tenía 21 años. Vendía  bienes raíces, llevaba un vestido dorado con negro. Después habló conmigo muy seriamente acerca de su arrepentimiento al haber escapado de la realidad, haber inventado la enfermedad, haber vestido los pesados abrigos en época de verano, haber agobiado a mi mamá con tonterías. Luego la soñaba venir  de las flores, cargaba canastos de frutas, iba vestida ligero, invitaba a una fuente que concede deseos de salud, amor y buena suerte, durante veinte años no atiné a pedirlos. Todavía el peso de predecir su muerte me paralizaba, sentía que no merecía poner claro mis pensamientos y anhelos. Ella o el ser que se comunicaba conmigo del más allá que se parecía muchísmo a ella no habló del tema. Una mañana le confesé a mi mamá lo sucedido a mis once años, se llevó las manos a la boca y dijo – Válgame Dios Hildita pero si tu abuela se tenía que morir porque era su tiempo no porque tú lo hayas pedido,  es que tú probablemente puedas ver lo que pasará-.
Esa confesión sacó una daga que estaba enterrada en el centro de mi pecho. En realidad no sé si pueda ver o no el futuro, tampoco puedo ver los eventos como hechos aislados o producto de la casualidad, ni mi mente ni mis emociones lo permiten mucho menos al recordar la omisión de la d en mi nombre.
Mi abuela habló del hilo que arrancó en los anagramas, y veo que ella adelantó el hecho de narrar, soneto, letra, lotería, ángel, red, alto, tengo, tele, ganar, orar, neta, hada, hila, iré, ato, ala, día, gato, Aura, son algunas palabras que emergen de mi nombre, forman parte del aburrido ciclo humano y el pan duro de cada día.


Error se escribe con h.

A. descubrió que en cinco meses mis historias de fracaso pasarían a formar parte del pasado, –lleva  a cabo ciertos actos de psicomagia, el inconsciente va a saber  abandonar anécdotas intrincadas y saturadas de errores; será metáfora, no temas-.
Cuando era niña y aprendí a escribir la maestra nos encargó de tarea dibujar y escribir una palabra que iniciaría con la sílaba ma/me/si/ so/ su/ al final del dibujo. Deberíamos titular nuestro trabajo. Lo titulé Herrores. La maestra me regañó, se burló de mi falta ortográfica. Yo apenas tenía seis años y el primer dibujo iba dedicado a mis padres. Mi mamá lavaba, dentro del cuadro había un ojo viendo algo; enseguida  mi papá sentado bajo las nubes, le sacaba punta al lápiz con su adorada daga.  Le escribí la palabra mamá.
El siguiente dibujo fue mi casa, era una casa con pórtico de entrada en forma de triángulo,  de donde salía humo de la chimenea; luego un rectángulo formaba el resto. La puerta iba al centro y de ahí un camino en forma de curva daba a otra casa. Dibujé una familia y una ambulancia. Los hados, mientras sus habitantes dormían, les mostraban trucos de magia para ser dichosos y a veces los duendes les jugaban bromas. Le puse la palabra melo.
En el tercer dibujo estaban unas brujas, pero eran brujas buenas, con trenzas en la cabeza y cuerpo de víbora,  de sus piernas saltaban pelos y sus manos siempre rogaban al cielo  curar a las personas con sus cuentos y ungüentos. A este dibujo le escribí silencio porque la maestra repetía la palabra varias veces al día. Silencio, silencio; nos advertía.
 El cuarto dibujo fue dedicado al futuro; junté dos delgados óvalos. Con las dos manos cargaba los certificados que ya me había ganado cuando adulta, de mi cabeza salían plumas teatrales, y alas, los zapatos que llevaba puestos eran de lujo, apuntaban a los dos lados porque todavía no tenía noción del juicio. Mis faldas eran amplias, se esponjaban. Mi cabello largo, le saltaban brillos. Le dediqué la palabra solo.
El quinto y último dibujo estaba saturado de gente, eran mis hermanos y familiares, además yo estaba en el centro de un teatro grande; las gradas se ocuparon de personas que fueron a escucharme, a saludarme, entonces tracé manos tocando mis manos, abrazos dotados de líneas en el sentido hacia arriba con cinco rayones cada una que representaban los  dedos, recuerdo que cuando dibujaba, los dedos se peleaban por ser del mismo tamaño, tuve que recordarles para qué servía cada uno, finalmente comprendieron que cada parte del cuerpo tiene su función y es sagrada. Le escribí la palabra subir.
 Junté los cinco dibujos, les hice tres orificios con la daga que mi papá usaba para sacrificar marranos. Le pedí a mamá que amarrara las hojas con estambre morado.
Las hojas salieron volando en el tiempo, mi mamá dejó de lavar la ropa porque su arqueada espalda y sus prominentes pechos ya no aguantaron el peso. Mi papá se hizo amigo de los cerdos, platica con ellos en Ciudad Juárez.
Cuando le entregué mi tarea a la maestra F. apenas amanecía, eran las 7.30 am; abrí los ojos y estaba en El Paso Tx, mis dibujos se habían convertido en realidad, vivía en una cabaña con triángulo de lado. Recostada en un sillón que daba al río,  había pasado dos días leyendo a A. y yo escribía en una lista las cosas del error que aceptaba en mi vida.
A. dijo que debería sellar la lista con sangre, la sangre la extraje de mis encías temblorosas. Leí que enterrara las palabras dolosas y puse encima una maceta. Lo hice. Además de la maceta, adorné el espacio exterior con una bicicleta amarilla; desde entonces sé que error sí se escribe con h porque es muda y sigue sin hablar.  

 Querido lector:
La creación literaria es sin duda un deleite pero también es arduo trabajo. Favor de citar debidamente a la autora (Hilda Yaneth Sotelo).

lunes, 17 de marzo de 2014

El batir de las alas.

No me puedo quitar de la mente la propuesta que me hizo hace años; hubiéramos sido felices o al menos más decentes que ahora, nada hubiera muerto. Las morales que me enseñó la abuela Huerta no dejaron linea en mí. Ustedes dirán.
Quedamos de no vernos, lo juro. Hace años nos dimos el beso brujo y la despedida. Nos conocimos un 31 de octubre. Al siguiente día el sol no se asomó, a lugar, las nubes nos arropaban cargadas de rayos densos, oscuros. Íbamos manejado rumbo a Ruidoso, las voces peligraban. Decidí callar. Decidí escuchar el barullo de nuestra mente. Él explicó cómo el peso lo atrapó sin remedio y la decisión de comer menos carne lo había puesto dentro de sus ropas otra vez. 
Vamos muertos por la vida, qué importa el peso. Pensé.
Él continuaba sus narrativas pasadas mientras yo evoco el sufrir.
Recién un par de delincuentes habían acertado los tiros al robar mi Jeep que con tanto sacrificio decentemente adquirí. Esa noche los desgraciados removieron la paz de mi corazón, el susto no fue para menos. Algo me jaló hacia arriba y observé la escena del crimen desde el techo de la casa. Clarito vi que me asesinaron, desde entonces la sangre se  heló, casi no hay torrente apasionado solo cuando miro a mi acompañante; la pasión por los obstáculos me trae a la carretera y manejo mi auto en extraña dirección. Recuerdo el asalto a mano armada y las cabezas inmundas que rondaron los dos días siguientes; un pendejete periodista a quien la violencia en la Ciudad definitivamente lo trastornó al punto que se cree Napoleón o no sé quién demonios; me ofreció la primera plana de su periodicucho, dame una entrevista y va de pasada lo del grupo de escritores, ándale. La propuesta hedía pero en aras a la guerra, la sangre y la imbecilidad humana pasé por alto el agravio, continué mi camino. 
Me distrajo el revoloteo de las avecillas negras. Solían acercarse demasiado a mi auto, presentían lo fatal.
Él auscultó mi perfil, mis manos al volante, mi vientre plano ausente de vida, se asomaba a mi tobillo, callaba esperando el siguiente tema a seguir. Yo apenas lo veía de reojo pero escuchaba claro su reciente experiencia profesional. ¿Sabes de ese ejercicio sobre la confianza, el que debes tirarte hacia atrás y mientras alguien más espera tu caída para levantarte?. Pregunté. Repetí la pregunta en mis adentros; ¿el periodista había estado esperando mi caída acaso? Sí, pero no pretendió levantarte solo te usó, tonta. 
Mi acompañante sorprendido admitió haber implementado la actividad recientemente. Eres rara, Sabes que el aleteo de las aves me tiene harto, desconfío de esos pajarracos negros. 
Deja de meterte en su mente. Sentenciaba.
Sintonicé la estación Órbita, estábamos lejos de la ciudad y construir diálogos a pleno campo abierto, era sencillo. De cuando en cuando emitía alguna frase para comprobar si lo que escuchaba salir de su pensamiento era idéntico. El ruido al encender la radio dejó en  mis sentidos la señal  que había estado esperando. Él me ordenó dentener el auto, bajamos, me condujo hacia un camino que daba a una casa de adobe, me tomó la mano, buscó resguardo porque las gotas de lluvia amenazaban el torrencial a continuación. Un árbol chiflaba entre las ramas y el paraje; él reposó su cuerpo en el tallo. Acariciaba meses de separación. Cuando hubo terminado de besarme, señaló hacia el cielo y la casa. Corrimos empapados, tocamos la puerta endemoniados de prisa. La abuela Huerta atendió. Trajo toallas, encendió la chimenea, preguntó por la nube de aves que nos seguía, nos advirtió que ésas nos esperarían al final de camino. Mudadas las ropas, regresamos al auto. Quieres casarte conmigo. Lo escuché decir, abrí mis oídos, no daba crédito; él debería divorciarse antes de proponerme matrimonio. ¿Qué dijiste?- Nada-. Respondió. Te advierto que el matrimonio no me interesa, ni se te ocurra dejar a tu esposa, no quiero cargar contigo por el resto de mis días.  Él sonrió, se llevó sus manos a la cabeza aparentando no escuchar. Pinche bruja; claro que no dejaré a mi esposa, ni mi vida, ni mi historia.
Me iba muy bien el manejar mi propio destino pero me fue mejor volver mi corazón a Dios. La historia pretendía salirse de control porque las brujas se la adueñaban. En estos tiempos es difícil confiar a los timbres y los tonos femeninos. No hay hilo conductor al menos que te conozcas y no pongas en manos de otros tus historias. ¡Horror al aparato reproductivo!
Cuando llegamos a Ruidoso, el calor de la cabaña borró de la memoria los enfados, a mí me tocó estar encima, abrir las alas mensajeras, me prometí no verlo, por prohibido. En medio del amor y al paso de los años todavía lo recuerdo decir - siento el batir de las alas-. Yo vi al ángel de la amargura brotar de su pecho.

sábado, 8 de marzo de 2014

Comentarios Mujeres cósmicas


Reacciones, razones y sinrazones de las Mujeres Cósmicas de Hilda Sotelo.
Por Edgar R. Luna
Primero confieso que me costó trabajo leerlo, y que eso no fue lo difícil, lo realmente complicado fue tratar de entenderlo, no sabía si estaba siendo testigo de un viaje muy denso, una serie de alucinaciones en otra dimensión, o simplemente estaba leyendo una nueva versión de la serie Sex in the City pero en LSD.
Con este libro Hilda se ha unido al grupo de los intrépidos, de los independientes, esos escritores que al no recibir un dictamen favorable, deciden autopublicarse, decisión que nunca me ha resultado atractiva, por un lado el costo, y por el otro, creo que jamás he escrito algo que valga tanto la pena como para poner dinero de mi bolsillo para publicarlo. Pero yo no soy el tema, el tema son estos autores que se han rebelado, los que creen en su obra y hacen hasta lo indecible por hacerla llegar al público.
Y esta novela me recuerda un caso muy particular, el de Jaime Romero Robledo de la ciudad de Chihuahua, que ante la negativa de muchas editoriales en México, optó por crear su propia editorial y publicar su novela El mundo de ocho a espacios, en 2010. La novela fue más que bien recibida por la crítica, obtuvo el premio Colima a mejor obra publicada, con ese premio cerró un ciclo que fue del rechazo a la certeza, a la demostración de la calidad de su trabajo.
Eso por un lado, pero si traigo a colación esta obra en particular es por lo que Hilda llama sincronías, El mundo de ocho espacios es un libro singular, sus primeras páginas son extrañas, difíciles y parecen no tener sentido, hablan de rutinas mecánicas, de absurdos laborales y burocráticos, nos hablan de procedimientos, trámites, formas, cuestionarios y parecen repetirse una y otra vez. Y por si eso fuera poco, al final de cada página va sucediendo un cuento aparte. Después de pasar esas páginas, uno descubre lo que Jaime Romero Robledo acaba de hacer, programó al lector para hacerlo capaz de leer su novela, por ese lado, y nada más por eso, considero a esa obra un prodigio insuperable.
Con Mujeres Cósmicas de Hilda sucede algo similar, pero en dirección contraria, lo que sucede ahí es precisamente desprogramar al lector, las primeras páginas de la novela son el planteamiento de la visión o visiones del personaje, me explico: En contra de la tradición y la estructura narrativa sugerida, por no decir impuesta por las corrientes del pensamiento mejor posicionadas en las telúricas pirámides de nuestro tiempo, Hilda Sotelo propone derribar esos prejuicios que limitan en demasía el pensamiento creativo. No hay una línea narrativa, no hay un espacio delimitado ni definido, la novela sucede en varios planos, la línea narrativa es difusa y dispersa, no es recta ni va en una sola dirección, tampoco existe la noción del tiempo, sucede libremente sin ataduras formales, sin territorios, sin escenarios fijos, es por tratar de darle un nombre, una secuencia plástica, pero también elástica.
Recuerdo que en una entrevista a la ganadora del Nobel de literatura en 2013, la canadiense Alice Munro, le preguntaron por qué sus cuentos eran tan dispersos e iban de un asunto a otro, y crecían cómo un árbol donde una anécdota era una rama de dónde crecían otras, y Munro simplemente respondió: Porque la vida es así, no es una sola anécdota, no tiene una estructura narrativa, ni una línea cronológica.
Mujeres Cósmicas va por ahí, está llena de historias, de, cómo su nombre lo indica, de mujeres, de sus ideas, sueños, aspiraciones, y de la eterna batalla entre sus intenciones y sus acciones, sus pensamientos y sus palabras. Tal vez Hilda debiera agregarle al libro un diccionario de símbolos, la novela está llena de ellos, la serpiente por ejemplo, es una presencia constante, y aunque la víbora ahora nos resulta un animal repulsivo, desde la antigüedad la serpiente tiene otro valor, representa el cambio perpetuo, el conocimiento, el símbolo de la serpiente mordiéndose la cola, no se refiere a la mujer chismosa que muere ahogada por su propio veneno, no, es el símbolo del cambio y conocimiento perpetuo, y aunque no lo creamos, del rejuvenecimiento, sólo hay que recordar la vara de Esculapio y el símbolo de la medicina.
Pero que bueno que Hilda no lo hizo, su novela es una propuesta a transformar al lector habitual, en un lector nuevo, como si nos asomáramos por primera vez a un libro, por primera vez a un primer libro, de alguna forma, autor y lector deben quedar en igualdad de circunstancias, letras frescas para miradas frescas, de nuevo, el rejuvenecimiento.
Y eso provoca que la novela se llene de significados y de interpretaciones, otra sugerencia que se me ocurrió, era que la autora incluyera una representación visual de sus personajes, Hilda, bastante generosa las dibuja bellas, atractivas, muy sensuales, con un encanto milenario y provocador, y debo admitirlo, se queda uno con ganas de verlas por lo menos dibujadas, y al final pienso lo mismo, qué bueno que no lo hizo, la novela debe suceder en la imaginación, debe irse armando según las experiencias y conocimientos de cada lector, cada historia, cada personaje tocará de manera distinta a cada uno de nosotros, unos nos parecerán interesantes y otros no, pero habrá alguno que vaya más allá de eso, encontraremos nuestro semejante.
Mujeres cósmicas me parece un acto de liberación, Hilda liberó su mente y nos invitó a entrar con ella por los pasillos oscuros y estrechos del pensamiento dominante y verla salir del otro lado liberada de las viejas ataduras  y creo que la autora de cierta manera, también hace libre al lector, lo arroja con nuevos ojos a contemplar el viejo mundo y le contagia el impulso de cambiarlo, ahora que ve las cosa de distintas manera, ya sabe por donde empezar.

Por Ysla Campbell
(Catedrática, editora, poeta y experta en literatura del Siglo de Oro)
En primera instancia doy gracias a Hilda Sotelo por invitarme a presentar su reciente novela e igualmente  a los organizadores de este evento.
El libro es una novela fácil y difícil de leer. La paradoja se debe a que tiene parte sencillas al entendimiento, pero cuenta con una serie de personajes femeninos cuyas funciones narrativas a veces son de difícil comprensión. Esto, como es natural, obliga al lector a retroceder en la lectura  en un intento por dilucidar los elementos simbólicos que pululan a lo largo y ancho de la novela. Desde mi interpretación todas la mujeres distintas y parecidas que aparecen son facetas de la protagonista quien lleva una narración en primera persona.
La reiteración en la carencia de identidad hace que este sea el planteamiento central del libro. Una búsqueda de identidad que no se refiere únicamente a los orígenes sanguíneos, al linaje, sino al propio desconocimiento de sí misma que implicó el estrupo a que se vio sometida por su padre en la infancia. La dificultad de esta interpretación radica en que a pesar de que se insiste en la amistad o casi hermandad del personaje femenino con una niña (La Negrita) recién iniciada la novela, y esta vuelta a la infancia repetida, es hasta el capítulo XIII, y último, cuando se narra la violencia sexual a la que es sometida. Es como si las explicaciones vinieran de atrás para adelante. La narradora necesita aclarar al final que jugaba con muñecas de trapo de distintos colores. Esta explicación nos permite entender que las muñecas son los otros personajes femeninos que cobran vida y son caracterizados como la niña lo hizo en su infancia. Esto requería a mi juicio, un pequeño ajuste estructural. En cuanto al estilo, me parece necesario inisitir en que se trata también de una búsqueda que deja ver el estilo  fronterizo, donde la puntuación y los sintagmas se construyen o emplean de manera doble: o muy mexicanos o con notoria influencia del inglés.
El uso del adjetivo es evidente, tanto en las frecuentes descripciones de la vestimenta o cuerpos de las mujeres , como en la insistencia en dotar a los objetos –animados e inanimados- de color. Este último recurso justifica cuando nos enteramos de que cada personaje es una muñeca de trapo de determinado color. De cualquier forma, el color juega un papel fundamental de una gran carga simbólica.
La metáfora que se repite es la vida como un partido de fútbol en el que se ocupan diferentes pocisiones. Siempre el encuentro de una espiritualidad distinta, Zen, zapoteca, de gurús y sanaciones maravillosas que en realidad nunca se dan en la atormentada protagonista en base a sueños anhela la paz en Ciudad Juárez y la eliminación de la frontera. Lo que no  implica que deje de haber localismos geográficos: Cielo Vista, la calle Vicente Guerrero, etc..O narraciones sobre el periodo de álgida violencia en esta ciudad.
En la intemporalidad afirma que alguien observa desde otros siglos(p.180), las celebraciones son de gran importancia en la obra: como el 12 de diciembre o el 14 de febrero.
En conclusión, cualquier integrante del público ha pasado o pasa por las búsquedas desesperadas de la protagonista, quien las padece en sus amores fracasados, en su nexo tormentoso con el pasado o en sus relaciones familiares. 


Mujeres Cósmicas: novela terrícola de Hilda Sotelo



Por Martha Urquidi
(Directora y actriz de teatro, escritora). 

Toma tu tiempo, el juego cósmico sigue a pesar de todo”

El iniciar la lectura de un libro e ir descubriendo en cada página sus personajes, lugares, atmósferas,  nos permite conectar con ese mundo que el autor recreo. Al continuar nuestro día a día, si el libro logra hacer clic, seguiremos recordando a los personajes,  sus sentimientos y  emociones, por lo que comenzamos a convivir con ellos en una suerte de realidad paralela.
 La misma novela anuncia que ”Las Mujeres Cósmicas, es una novela de Terrícolas que han adquirido la capacidad de viajar al planeta índigo”. [1] Las sensaciones de Marisol y La Negrita, Lucy, Arline, Diana, La mujer sin identidad, Sally, las realidades paralelas se asumen sin reserva por cada una de estas mujeres.

 La narración  aunque intricada y fragmentaria  ofrece al lector el juego de  descifrarla y encontrar la sustancia mágica de la que está creada. El mundo de las mujeres dentro de un simbólico juego de futbol en la cancha de la vida, las realidades paralelas y las  sincronías son el sustento de esta narrativa, además que circunscriben  a esta propuesta literaria en un microcosmos emocional, psicológico y metafórico del género femenino, en donde los hombres son el Trofeo o el amor, pero es importante abandonar la cancha cuando es turbia y aburrida.
 El Ser es un personaje que tendrá que reactivarse  y reconstruirse,  la novela de Hilda Sotelo nos ubica en geografías concretas como Ciudad Juárez “ la ciudad del terror que ahora gesta mujeres y hombres cósmicos. Humanos que debido a la guerra se han visto forzados a reinventar sus estructuras y volver al Ser”. [2] Otros lugares por donde pasean los  personajes son  Puebla,  Huatulco, Guadalajara.

 En de Cocodrilos a Delfines, el relato transmite el dolor de una joven niña que se hace cargo de sus padres alcohólicos es cuidada por una Yaya,  también de sus hijos y hasta la edad madura esta se casa con un hombre mayor adinerado quien la tiene como reina y a quien no ama, como sugiere la circunstancia tiene una aventura con un hombre joven y se debate entre la culpa y la libertad de realmente sentir el amor sin conveniencias y dotado del brío de la juventud.

Beso Cósmico….
 La novela se sitúa entre seres alucinantes y mágicos, ritos primitivos, lugares prehispánicos y la concreción física de lugares geográficos específicos. Arline es la bruja y hechicera pues “entre las mujeres conjuramos para que tus deseos más elevados se cumplan, este es nuestro tiempo, tenemos el poder del clarividente”. [3]

Esa  maldad que nos alcanza a cada mujer durante las  patadas en la Cancha de los Siglos
 Arline rechaza el admitir sus posibles tendencias lésbicas, ante un matrimonio desecho y ante la crianza de sus dos hijos;  a través de la narrativa nos topamos con amores torcidos como el de Marisol por Marco Vinicio, amores dolorosos como el de Lucy por Salvador, son los amantes masculinos y fantasmas de sus sueños.

 Desexorcizar el dolor femenino cargado de relaciones familiares caóticas, de padres alcohólicos, de adultos abusadores, violadores, violentos, abortos no deseados, hombres egoístas, matrimonios que no se consuman y que todavía son el sueño más íntimo de casi todas las mujeres, “Yo tenía en mi corazón imágenes de vestidos blancos, casas limpias, cocinas divinas… Roto el sueño de la vida”, [4] es el deseo de todas estas mujeres, su pasado y futuro confrontados. Más que narrarnos una serie de acontecimientos para llegar a momentos dramáticos álgidos, atravesamos paisajes emocionales, sensaciones a flor de piel y  las mágicas fórmulas de sanación del corazón, que viven los personajes femeninos.

 En el X capitulo, titulado la Luna llena, encontramos nuevamente a Marisol, Ariana, Mariana, Diamante, Diana, Fátima, Eloísa, Sally, Ileana  jugando expertas en cada una de las posiciones quienes del escenario medieval y de la quema de brujas ahora están en la actualidad intentando no perder el balón de la cordura.

 No éramos perseguidas por trazar realidades paralelas, no éramos satanizadas o apedreadas por ser infieles, nadie nos juzgaba ni nosotras mismas. Ausentes, alejadas de la infamia caminábamos lentamente hacia el interior del espejo, discurre el personaje que hace las veces de narrador y protagonista desde el sillón, en este capítulo nos narra de forma central, el amor entre el vampiro Joel y la doncella Fátima que se encuentran en época actual, Fátima: “Entraría a placer  en el tiempo que transcurría entre autobuses, trenes, autos clásicos, gigantes camiones”. [5]
  El Eterno Femenino, de Rosario Castellanos vino a mi memoria al estar con la lectura de Mujeres cósmicas, pues también trata de una grupo de mujeres que hablan sobre su vida y participan en una especie de terapia colectiva mientras son embellecidas en una estética; ya en su tiempo Castellanos percibió que las mujeres  debían  hacerse conscientes de su propia identidad para poder sustituir con estructuras más acordes a su realidad el mundo creado por los hombres, así, componer un plan de renovación de la mujer a todos los niveles.

 Hilda Sotelo, por su parte, crea una microcosmos simbólico femenino,  Mujeres Cósmicas es un espejo de ese mundo interno en el que cualquier mujer puede verse reflejada.

 [1] Hilda Sotelo, Mujeres cósmicas. Palibrio, Bloomington, 2011, p. 15.

[2] Ibid., p. 8.
[3] Ibid., p. 45.
[4] Ibid., p. 12.
[5] Ibid., p. 143.