domingo, 7 de diciembre de 2014

Feminismo humeante

La tercera ola feminista reza que las diversidades femeninas, el multiculturalismo, la solidaridad adquiere atención especial, sucede en los años ochenta. La cuarta ola feminista sucede hoy; entre los absurdos presidenciales, la catastrófica diferencia de clases sociales y el racismo en México; el horror perpetrado, y el despertar del ciudadano de a pie, no así de la clase política que se aferra a roncar y sostener sofismas haciendo   gala del  despliegue teatral. Rosario Robles observa lo que obviamente lleva puesto en sus ojos, la envidia, según su perspectiva los mexicanos nos contamos el relato del flojo, solitario, deseamos lo que Angélica Rivera tiene, fama y fortuna. 
Al parecer Rosario Robles una de las primeras mujeres activas de la política mexicana, se quedó mal atorada en el feminismo de la tercera ola “lo personal es político”  aseguran; ya en la tercera ola lo personal debe salir a la luz pública y debe aplicar para cada circustancia que atañe a la mujer. 
La Sra Angélica Rivera, hizo del dominio público una declaración sobre sus casas, declaración saturada de parpadeos, contradicciones y rabietas  adolescentes. ¿hasta cuándo los gobernados  necesitaremos primeras damas o secretarias de desarrollo social que defiendan la falsedad? . No estoy en contra del feminismo que pretende enarbolar Rosario Robles;  las mujeres en México tenemos debates que enfrentar, no es eso lo que incomoda y me hace saltar del asiento cuando leo la nota donde defiende   y nos tacha de envidioso; lo que impresiona es la impresición, el discurso retorcido de Rosario Robles y la justificación tras la declaracion “en el ámbito político a las mujeres se les ataca no por sus decisiones políticas, sino por sus determinaciones personales. Me ha tocado enfrentar ataques... por mis relaciones privadas” (La Jornada).  Rosario Robles no comprende que México y el mundo ya cambiaron, ignora la cuarta ola feminista que camina al paso acelerado de la información propagada por  medios alternativos que descubre la verdad de los asuntos personales y da peso a la congruencia con lo público, en una palabra la cuarta ola feminista vive como predica. Se acabaron las falsas, se terminaron las eternas verborreas de odio hacia el género masculino, el manifiesto BITCH pasa a ser un documento para la historia. La cuarta ola del feminismo consciente no humeante, la conforman tanto hombres (quienes cooperan) como mujeres, promulga el cese de la guerra entre géneros e invita a la sociedad en su totalidad a comprometerse por la igualdad y la justicia. El feminismo sigue vigente porque la realidad nos dice que es importante hacer cumplir la  ley de igualdad de género y erradicar de nuestros sistemas las desventajas del patriarcado tan embonado en la psique femenina. 
En la cuarta ola participan las consciencia avanzadas. Jesús Armando Molina nuestro cuenta cuentos y escritor local dice y demuestra haber internalizado el feminismo al sugerir que todos seamos feministas.  La cuarta ola no  defiende lo absurdo, es desnuda, transparente y su objetivo es avanzar, crear consciencia, dar la cara entre el respeto y la autocrítica. Mujeres como Rosario Robles empañan al feminismo con semejantes declaraciones, defendiendo lo indefendible. Los mexicanos no reclamamos ni estamos inconformes por la belleza y “éxito” económico y profesional de la actriz, no; el asunto es que la fantasía novelera ya no nos maneja, el asunto es que cualquier mujer con y sin educación académica se ofende al escuchar la versión actuada sobre la casa blanca. Las mexicanas queremos que la región de la ficción se quede en el libreto de la imaginación de presidente y su Gaviota, queremos que terminen su ventajosa manipulación; escuchar la simpatía  de Rosario Robles hacia Angélica Rivera, la lleva inmediatamente a lo que dijo Juan Villoro de Enrique Peña Nieto, a estar atrapada en el guión de telenovela; “promete mucho y se celebra mucho a sí mismo”. Entonces Rosario Robles sufre del delirio en el espejo, piensa que envidiamos a la Gaviota, ¿envidiar qué? la frivolidad con la que se conduce, la actuación, la mentira, la ignorancia.  La mujer mexicana  está cuestionando  a la actriz-primera dama aunque para muchas es la última, la cuestiona porque en las declaraciones las cuentas no cuadran, porque su casa blanca multicolor por dentro habla de una desigualdad social perversa y payasada interna, habla de las otras mujeres esposas de los ex presidentes  otrora idealizadas por la mayoría, habla de la podredumbre deli-gobierno en la que está sumido el país; las mujeres y los hombres la atacan le lanzan letras letales porque el fin del culebrón ha llegado  y  el o la que defiende la versión ilusoria  tiene mucho  humo que limpiar en su espejo; continuará encerrada es su propia opresión y ni la séptima ola la podrá salvar.

domingo, 5 de octubre de 2014

Ayahuasca (Liana)


Soñé que moría. Leí varios libros Antes de perecer, escabullía la mirada en Amalia, la cantante famosa, la que habla del machismo, los cholos, la bisexualidad y el amor. Soñé que enviaba invitaciones a personas, eran convocados a presentaciones de libros, buenos libros, música, transformaciones mexicanas, mesas creativas y ceremonias de Ayahuasca. En eso giraba la vida de Liana. Liana era yo, ella, ellos también, nosotros. Afuera existía la controversia, los chamanes, facilitadores, sanadores, curanderos se repartían el motín, no todos, claro. Es que a la tierra la habían infestado de guerra y los de la selva no se habían salvado. Liana era yo, ella, ellos, nosotros. Primero fue el letargo, sonso, aburrido de anhelar morir; dije que aquí ya no había nada para mí. Liana sentía raro, vomitaba esquemas implantados sin plantas. Vomitaba religión, matrimonio, embarazos frustrados, culpas. En una ocasión le pregunté cómo le había ido en su primera sesión de Ayahuasca y me respondió.
-Si me preguntas porque quieres ir te diré que debes tomar en cuenta los hilos que te llevaron ahí, es decir, quién te refirió por primera vez, dónde la viste, cómo te sentías. Si las respuestas vienen de situaciones y personas de confianza, adelante. Es importante ir seguro y por tu propia voluntad. Si tienes alguna enfermedad o consumes medicamento debes consultar las propiedades de la Ayahuasca, sus componentes, y tener bien claro que no vaya a resultar contradictorio, prepárate para así facilitar el proceso, el destape de la cañería sería buena idea que vaya sucediendo antes, comer sano, remover toxinas, me explico: Lo que te cuento es una experiencia meramente personal, como cada viaje hacia nuestra misión, propósito de vida es individual, así es esto. Yo fui a la sierra de Urique a encontrarme con mis antepasados rarámuris, ahí conocí a un documentalista famoso, Víctor. Me habló de la medicina. Varios días antes de la ceremonia soñé que él y  el facilitador me perseguían, eran una especie de hombres de la selva, yo me subí en lo más alto de un árbol y hasta allá fueron a darme la bebida color blanco, después bajé y vi otro mundo, casi el paraíso. Cinco días antes de la sesión tuve que dejar de tomar vino, carne, y no sostener relaciones sexuales. Yo ya andaba en esos caminos de la yoga, el reiki, y el tantra pero cuál fue mi sorpresa al enterarme de mi misma. Liana sufría de ansiedad ignoraba las razones, ignoraba también que estaba estresada al igual que la tierra, el tiempo de su misión había llegado hacía varios lustros y por una razón o por otra no la dejaban actuar; se prometía no ser una modita más, ni un alucinógeno que en realidad no lo era pero las personas miedosas se acomodaban llamándola una droga más. ¿Cómo te fue la primera vez? ¿Cómo es? preguntas. Pues me fue muy extraño. Yo no me quería soltar, mi primer miedo era el control, no quería vomitar a pesar de sentir que mi cuerpo lo anhelaba, era hipócrita conmigo, sentí maripositas en el estómago, calor, luego frío. El facilitador  masajeó mi cabeza y dijo –libérate mujer, ¿tienes hijos? – no no- Le respondí –Ah pues con tu novio tienes-. Él se marchó atendía al resto de los participantes con esmero y cuidado. De pronto el joven de enseguida vomita, muy preocupada me levanto a preguntar si está bien. Inmediatamente Ayahuasca me habla, mi yo interno mezclado con la intención del preparador y curandero y los otros asistentes; recuerdo que me encomendé a Dios, recuerdo ver a mi mamá y reclamar agravios pasados, muy viejos, obsoletos, recuerdo no permitir que mis hermanas pasaran por esa prueba tan dura de enfrentarse a ellas mismas. De pronto me levanté, expulsé la acidez de años, expulsé trozos de sentimientos, emociones traducidas en comida pestilente incrustada en mis entrañas. Fui al baño, caminé y el ambiente se tornó verde, rosa, azul, con figuras varias, la loseta adquiría formas que saltaban de mi mente, fetos, reptiles, el rostro del cinismo, una mujer plena, rodeada de flores los opacaba. Escuché que la plenitud me rondaría pronto, escuchaba risas, aplausos. Me burlaba de mis intenciones iniciales, yo quería darle la bienvenida al éxito y al poder porque a eso vinimos aquí a la tierra a reconocer que podemos y el éxito es un arma de dos filos, nuestras escuelas son dos: la del sufrimiento y la del cinismo. Te enseñan a sufrir; opaca a otros en la burla y la mofa para luego narrar que lo que te llevó a la cima fue defenderte de la condición humana y el regadero de lágrimas, dicen: Sufrí mucho antes de lograrlo, me rechazaron en múltiples ocasiones. Las personas todavía se tragan vivir en carencia, la austeridad, el mártir, la llorona, le escriben a la institución  para luego triunfar y a eso le llaman logro, al egoísmo de ganar ganar aunque el dictaminador huela a pasado, viejo y pedofilia y ése mismo te posicione cual animal de carreras.
¡Bah¡ encerrada en esas academias estaba. La Ayahuasca fue implacable, me advertía que todo se trataba de un juego, un escandaloso juego. Afuera alguien lloraba, gritaba, reía, no me dejaba en paz. Fue horrible escuchar las historias de otros, no me dejaban concentrar. La risa, otra vez la risa, la carcajada, luego el aburrimiento, bostezos, le dije al facilitador que por favor detuviera todo eso, fue espantoso, eso se iba detener solo cuando yo lo decidiera. Pero cada una de mis células deberían estar de acuerdo. Me sentía la todo poderoso hasta que dos  jóvenes con metralleta vienen a recordarme quién decide,  un día me asaltaron y a Steven King el de la motocicleta lo puso en su lugar desde entonces fue su gran escuela, la experiencia.  No es cierto, ¿cuál es la verdad? Yo no puedo decidir, no podía controlar nada en ese momento. Ni mi éxito ni mi poder, no estaba preparada. Las horas pasaron y el brebaje hizo lo suyo. No dormí y al despertar sentí amor, mucho amor as usual. ¿Para qué tomé Ayahuasca? Soy amor, eso es claro en mí. Los días pasaron, mi digestión fue genial como nunca, mi relación con mi mami sigue siendo de amor. La segunda ocasión fui a verme otra vez, fue en el mismo lugar en Ciudad Juárez. Mi intención se dirigió a mis miedos, quiero enfrentar los miedos que tengo por ahí. Oh my God, nunca hubiera dicho eso, es como decretar y que el universo te responda en un instante. Ahí estaba Mujeres cósmicas, mi novela y mis sombras. Con los ojos cerrados vi a Lucy, los cocodrilos que se arrastraban hacia mí, vi los bichos difíciles de reconocer, el facilitador los limpiaba con sus ícaros, lo vi acercarse a recogerlos sigilosamente, después vi a la chamana y algo salía de mi aura, la aventó. Mis años de meditación me enseñaron a observar los miedos y que son construcción del ego. Recordé y así fue. Los asaltantes que una vez llegaron a presentarme el mal y el miedo, saltaban de mi cuello, se marchaban, los despedí para siempre, ya estarían en la cárcel.
Mientras yo salía del corral. Brincaba mis propios temores; ¿hasta cuándo iba a tener la gran experiencia divina que la mayoría dice?. La tercera vez fue en Santa Isabel, yo había ido Chihuahua a visitar a mis familiares, me reencontré con la niñez, yo solo tenía 7 años cuando viajábamos de Monclova a Chihuahua durante mis vacaciones de verano. Vi a mis primos, platicaban de mí cuando pequeña; - te poníamos ropas de mujer adulta, te veías preciosa, sigues igual-.
Qué hacía una nena con ropajes de adulta, pensé. Por la noche fue la ceremonia, éramos 25 o 30, los ilusionados querían llevar a cabo la ceremonia bajo los árboles, yo intuía que no era buena idea, iba a llover, las nubes estaban cargadas, luego vería las creaciones propias de los bosques, hadas, duendes, brujas, y la conclusión sería que el mundo, la existencia y sus criaturas eran solo especulación, un sueño, ilusión; mi voz no se escuchaba porque yo solo era espectadora. Obedecí sin emitir opinión, la ceremonia inició; 15 minutos luego la lluvia arreció. Entramos con la bebida en el estómago; entré en mis voces, horribles, querían decirme el por qué de mi ansiedad, me gritaban las verborreas feministas, rostro de política que al doblase se vomita, mentiras, luego mis primas que había visto por la tarde sonaban falsas, existían misterios en la familia, como en cada familia, me defendía; Ay, no, vi la gravedad del asunto. El abuso sexual, emocional y mental hacia los niños, mi niñez y la niñez de otros, no lloraba, ocultaba eso en mis entrañas, parecían pequeñas bombas a punto de estallar, eran  esferas con picos feroces; muy feroces que se clavaban en la pared estomacal, lo inflaban obstaculizando todo a su paso. Tuve que sentarme para que la curandera sobara mi estómago, me dijo –paciencia, Hilda, paciencia, respira, inhala, exhala-.  Volví a recostarme, mi necesidad, la terquedad, la repetitiva película de mi vida y la de otros, de pronto fui mi hermana, algún poder superior me trasladó a la experiencia de mi hermana menor; veía a mis vecinos, niños todos. Luego vi la religión, lo implacable de la religión, sus santos, sus credos, mis antepasadas estaban ahí presentes, vomitaban matrimonio, embarazos, deseos, insatisfacciones, vi la insatisfacción de la mujer; quiere casa, quiere matrimonio, quiere hijos, quiere belleza, lo tiene y sin embargo no es feliz; ahora quiere cambiarlo, quiere transformar los sueños milenarios y desafía la procreación; desafía los sistemas opresores pero lo hace aburrida, recostada en un sillón, asumiendo saber qué sigue. Es inagotable el reclamo, el agobio. Ya quiero que el efecto termine, cuándo seré plena. Ya tengo lo que quería y sin embargo sigo buscando. Ay de mí, ay de mí.
Expulsé lo que me quedaba dentro y de mi espalda salieron cientos de avecillas negras, y el rezo: José era 40 años mayor que María; ahora comprendo de dónde veía el asunto aquel de mi abuela casada con el hombre 20 años mayor, y yo enamorada en el pasado, había estado enamorada del hombre entrado en años. De pronto escuché decir –hay reunión de ancianas- Me levanté a ver a ver qué pasaba afuera y la lluvia arreciaba. El trueno impuso su presencia, la tierra olía a mujer, a sabiduría; caminé hacia el sanitario y otra vez la loseta, vi el rostro de un niño serio, solemne, llevaba un cordón umbilical enredado en el cuello, luego vi otro niño y otro y otro uno en cada cuadro. Las cosas se quedan así reconciliadas; reconciliar las partes iba a ser el siguiente viaje, y al tanto las reconciliaba dentro, afuera pasaban los contrarios. Tres días antes de la cuarta ceremonia: Una amiga muy cercana me invita cenar, voy. Tomo vino, al siguiente día es la celebración del 16 de septiembre, vuelvo a tomar y es un día antes de la ceremonia, como carne, de pronto sentí un mareo extraño. En el cuarto contiguo estaba una mujer que traía flores en la cabeza, parecía la chamana de la ciudad; la que vi durante el primer viaje; ya la había visto en un cuadro, pintada dedicada expreso a la curandera citadina; la pintura se titulaba Chamana de la ciudad; no cabe duda, poner la atención y extenderse en ella producto de la terquedad multiplica las imágenes. La mujer me dice que ha tomado ayahuasca y que lleva cierto avance. Comprendí el mareo. El manifiesto ayahuasca dice que la medicina no es para todos y que permitamos que su magia opere en cuestión de “motivar” a otros a que tomen. Invité a la mujer a la ceremonia, ella no asistió. La cuarta ceremonia mi lección fue clara y especifica: La humildad y el mono. El mono me insta a vivir, probar el mundo y sus placeres, -besa tus sombras- me dice.
Antes me culpaba por fumar, tomar vino o sexo. De pronto eso se borra, se borra la culpa, se borra el tabaco y se borra el sexo, pasan a la categoría de ilusión pero debieron ser orgánicos primero,  debí integrarlos como es arriba es abajo como es adentro es afuera.
Mi cuerpo vibra finalmente siente como nunca antes, y cada partícula merece ser enterada de lo que pasa. El chango que vi en la ceremonia hizo lo suyo, lo hace. Nada de culpas, nada. Nada de dolor por ser yo, humana, primitiva, nada de divinidades, ni religión, ni yoga, ni meditación, ni rezos, ni oraciones. Basta de cercenar mi cuerpo. Basta. Soy carne. El ave negra, el ave blanca bajan de cielo, arriban, se anuncian con un trueno, se imponen y la guerra por el territorio empieza. Son dos chamanes luchando por controlar lo correcto, lo incorrecto, hablan en el tono controversial, hablan lejos del amor. Los ícaros, los ícaros, los ícaros; los salvan. Me salvan, me rescatan de asumir que sé lo que veo. –pase lo que pase, veas lo que veas, recuerda que no sabes nada, trabaja en la humildad, pide ayuda, pide-.  El efecto de la medicina se fue después del vomito. Me recosté dudaba si tomar una segunda dosis, dudaba. Me repuse del estruendo, el ruido, mi intención era conectar con la fuente; me lo impedían los facilitadores, sus voces estaban ahí deteniendo mi conexión, -cúbrete, no te entrometas, mira ella tan tranquilita-. Luego el mono se tallaba con fuerza al facilitador, y yo lo veía como sombra, el mono era su sombra, yo  anhelaba defenderlo, después me quedé quieta observando, ah, esas eran mis sombras; y lo que sucederá después.  No vi divinidades, me quedé en el misterio. Los secretos que guarda el universo  y no me corresponde enterarme todavía. Me rindo, me doy, pierdo totalmente el control.


viernes, 15 de agosto de 2014

Las abuelas


Tren 1948
Nos subimos al tren que veía pasar el tiempo; extrañaba el abrazo arropado de mi madre. Al devenir las horas de viaje ella desaparecía hasta que vi su mano peinar mi cabeza. Yo tenía 10 años y el tren iba y regresaba a lo mismo. Los momentos suelen ser eternos. Los humanos circulamos en la misma rueda una y otra y otra vez.
No veíamos a mi hermana mayor hacía varios años. El tren en la estación de Rosario, Durango, y las distantes cartas eran la única forma de comunicación. Yo era la niña que siempre quise tener cuando adulta porque mi mamá me decía, Reinalda, la reina de su vida. Mi papá y hermano eran músicos; tocaba en la orquesta de Durango. Con trabajos y esfuerzo ponían comida en la mesa y vivíamos decentes. Mi hermano y mi padre ofrecían sus servicios en fiesta privadas. “Pagan bien”, dijo mi padre.
—La semana próxima los Lugo dan a su hija, nos van a contratar y con el pago se van a ver a Juana.
Cuando mi padre hablaba, las cosas se cumplían. Entonces me asomé por la ventana a esperar la noche, el encanto de la luna sobre los objetos de mi recámara me entregaban al futuro viaje. Acomodé el diminuto banco de madera con un sol trazado; lo puse en la esquina. No quería ver la luna de frente porque cerraría los ojos al esplendor; perdería la esperanza. Esa noche, después de cenar, mi madre tejió mi cabello en trenza de repulgo; empezaba en la coronilla y culmina en la nuca. El aro de la luna se acomodaba perfecto en mi cabeza. Mi parte favorita al entrar a mi recámara era cuando la luz de la luna reposaba en la cubrecama morada, veía el aro en todas partes. Las formas adquirían la segunda dimensión. Imaginaba asomar mi mirada desde la ventana de un tren.
Mi hermano viajó en dos ocasiones desde Rosario hasta Chihuahua, decía que viajar en tren era la cosa más hermosa del mundo y que el verde de los vagones le recordaba a las plantas de la casa. Yo era tímida y apenas si alcancé a preguntar por el otro color del tren. Rojo, dijo e inmediatamente abrió mi cuaderno de dibujo para ver el reciente trazo. Cada vez que mi hermano asomaba su mirada a mi cuaderno los nervios subían por los tobillos y creo que los detenía el corazón porque él al verme soltar el suspiro repegaba su mano en mi cabeza, meneaba mi cabello y decía: “Síguele, los trenes te salen muy bien. Ver la fotografía del almanaque fue suficiente, captaste más de lo que se ve ahí. Me gustaría escuchar el sonido en esta hoja”. Luego tomaba la guitarra y requinteaba.
—Mira tu-tuu-tuuu-, prm-prm-prm; movemos la cuarta cuerda, trac-trac-trac-trac y luego nos regresamos, cart-cart-cart-cart, mrp-mrp-mrp, ut-uut-uuut. A ver, dibuja el sonido.
Y se iba, seguro de haber dejado en mí la claridad del sonido.
—Antes de que te vayas, ¿cómo se llaman? -Le pregunté señalando la fotografía del calendario.
–Rieles, se llaman rieles y la parte de arriba es la cabeza, la del centro es el alma y la de abajo se llama patín. –“Alma, los rieles tienen alma”, pensar que muy pronto viajaría en un vehículo que tenía alma saturó mi pecho de entusiasmo.
Esa noche me fui a la cama con una pregunta específica: ¿Cómo dibujar el alma del tren? El claro de la luna me daba en la palma de las manos. Recordé que mi mamá me había dicho una vez: “Si quieres que tus sueños se cumplan, pon una moneda de plata en un vaso de leche y lo dejas serenar a la luz de la luna”. Me levanté a servir el vaso de leche fresca, la moneda la guardaba debajo de mi colchón. La magia se asomó: soñé fragmentos del viaje hacia mi hermana mayor y que las personas al ver mis ilustraciones alcanzaban a escuchar el alma del tren. Soñé a mi mamá arroparme con su reboso y a mi hermana leyendo mi pintura y la carta de que pronto llegaríamos. La pintura fragmentada daba saltos en el tiempo, borraba agravios y sufrimientos. Desperté angustiada, mi madre movía mi cuerpo.
—Vamos, hija. Ahora sí veremos a tu hermana.
Di un salto preocupada por mis sueños. Tres días luego estábamos en la estación de Rosario, era 29 de diciembre de 1948. Mi hermano tomó mi mano, vio mis ojos ceñirse al radiante sol, me empujó hacia adentro. En ese momento supe que mi historia ya iba en el tren.
El tren no era verde ni rojo, tampoco sonaba como dijo mi difunto hermano, ni siquiera alcancé a ver el patín del riel ni el alma dando vueltas. Las prisas hicieron poner nuestros cuerpos en los incómodos sillones.
¿En qué momento fui la adulta con mi nieta de 10 años? A ella, su hermano le canta la misma canción que solía cantar mi hermano. Cada vez que viajo en tren mi madre viene a acariciar mi cabeza. Mi hermana nos espera en la estación de Frontera Coahuila, pasaremos largas horas hablando de mamá. Cierro los ojos imaginando el mejor de los ambientes y el mural que pintaré en la estación tendrá la capacidad de sacarme de la repetitiva rueda. Aprecio los matices del astro rey sobre los objetos.
Hace sesenta años desde la primera vez que viajamos en tren y voces  casi idénticas a la niñez; entre las memorias tenemos el poder generacional de ver el sol dando de frente al acertado vagón de las abuelas.


Hila
Mi abuela se escondía tras la pañoleta que formaba ambiguas curvas de casco protector de locuras. De pronto la descubrí entre la nebulosa y la gigante abeja que me custodiaba desde el mar, la misma que dirige el relato de los antepasados que nos hilan hasta la fotografía del pan de despedida y cierre de ciclos tediosos.
Yo era muy pequeña cuando supe de tajo que la enfermedad de mi abuela había sido inventada cual lo que escribo. Hace muchos años ella se diagnosticó. Padecía de efisema pulmonar, y vaya que sí porque a menudo yo era testigo de los escupitajos verdes que aventaba en la pared blanca de su dormitorio que al pasar el tiempo daban testimonio de sus tortuosos males mentales y de ser el lienzo preferido de los borrachos e historias no muy dignas de ser contadas. Ella sometía la mayor parte del tiempo a quejarse, caminaba arrastrado los pies mientras el término de sus zapatos se doblaba irremediable, daban salida al callo encima del talon. Ella, se arropaba con tres o cuatro capas en pleno verano. Yo, bebé, la observaba mientras gateaba, lo puedo describir porque durante una terapia de hipnosis vi su faldón guinda cubriendo mi cabecita, luego sus chalupos zapatos que no daban tregua al andar, estaban saturados de polvo añejo, pegado en las hormas de una u que iba al frente, sí, casi a la salida de la uña saltona del dedo gordo. Ella me levantó del suelo, sacudió los pequeños grumos de mis mejillas, consecuencia de la galleta de animalitos que se suponía yo no debería comer. Cerró bruscamente el biberón cuyo contenido no he podido desprender hasta la fecha, rico Nescafé negro. Solo a la abuela se le trepaba la idea de alimentar a la nena con café. Ella metió la mamila a mi boca, me recostó y arrulló con fuerza. Mamé hasta la última gota inhalado sus graciosas líneas, habían sido puestas ahí para asustarme y a la larga joderme la estancia en la tierra. Durante la terapia vi su rostro saturado, herido, oscuro, envuelto en una pañoleta tiesa de la suciedad de días, semanas quizá. Ese terco casco aún lo puedo ensamblar en mi cabeza.
No temí, porque someterse a una hipnosis es como ver una película, poseer el don de  editar las partes que no gustan; a veces es posible borrarla por completo debido a la ira que provoca el churro.
Lo que más me asustó fue regresar del estado somnoliento y manipulador, cotejar algunos datos con mi madre, y hermanas que al final resultaron verdad. Entonces, me tomé muy en serio contemplar detenidamente mi comportamiento presente, decidida, forcé el cambio a los programas en mi memoria. Muriendo en el intento siete años transcurrieron, siete hasta concluir que aceptar el pasado, lo bueno y lo malo era mucho mejor que someter a mi mente a decretos que sólo creía por temporadas. Durante varios años recordé a ese personaje tan extraño, complicado, odiado y amando por mí, la abuela.
 La tarde que pensé su muerte, por ejemplo. Cuando ella inocentemente cruzaba el patio de las casas que nos dividían y se dirigía a comprar unas papas y cebolla a la tiendita de mi padre. Yo tenía once años y jugaba con la arena, aventaba piedras al árbol que espantaba a las palomas que mi padre criaba para después comérselas en caldo. Recosté mi cuerpo, ella pasó apurada, con los mismos zapatos de hacía diez años, entonces; fue entonces cuando pensé. -Ojalá y está vieja se muera mañana mismo-. Así quedó el decreto, voló por los cielos y fue fotografiado por los seres que se encargan de cumplir mis deseos. Cuál fue mi sorpresa al ver a mi abuela regresar y tomar mi mano derecha con fuerza, me levantó con cariño y me llevó hasta su ropero, abrió la parte del espejo y me regaló el atesorado pan duro, y dijo, – come Hilita, come de seguro tu mamá no te da pan, come Hila-. A lo que yo le contesté. – Hilda, abue, Hilda-. - Sí, sí Hila-.
 Y soltó la carcajada segura de ser testigo de mi rabieta la cual disfrutaba mucho y agregó. – Todo te crees, todo te crees Hilita. Pero hila, nunca te olvides de hilar-.
Al día siguiente mi abuela fue encontrada tirada en el filo de la puerta, resbaló. Se la llevaron al hospital e imediatamente la declararon muerta. Jamás le confesé a nadie que yo había deseado su muerte, me arrepentía una y mil veces. Varios años la idea de haberla provocado con mi pensamiento me torturó, me persiguió hasta los sueños.
A menudo imaginaba que la vería entrar y cuidarme, abrir el ropero, poner la estufa de leña, calentar el agua, y servir en la mesa mi bebida favorita prohibida por mi religión y mi madre, el café. Al regresar de mi escuela solía sentarme en la banqueta a devolver el decreto, repetía hasta el cansancio, - ojalá vivas muchos años, ojalá revivas-. Creo que desde entonces mis sueños fueron mi consuelo, la visité por primera vez cuando tenía 21 años. Vendía  bienes raíces, llevaba un vestido dorado con negro. Después habló conmigo muy seriamente acerca de su arrepentimiento al haber escapado de la realidad, haber inventado la enfermedad, haber vestido los pesados abrigos en época de verano, haber agobiado a mi mamá con tonterías. Luego la soñaba venir  de las flores, cargaba canastos de frutas, iba vestida ligero, invitaba a una fuente que concede deseos de salud, amor y buena suerte, durante veinte años no atiné a pedirlos. Todavía el peso de predecir su muerte me paralizaba, sentía que no merecía poner claro mis pensamientos y anhelos. Ella o el ser que se comunicaba conmigo del más allá que se parecía muchísmo a ella no habló del tema. Una mañana le confesé a mi mamá lo sucedido a mis once años, se llevó las manos a la boca y dijo – Válgame Dios Hildita pero si tu abuela se tenía que morir porque era su tiempo no porque tú lo hayas pedido,  es que tú probablemente puedas ver lo que pasará-.
Esa confesión sacó una daga que estaba enterrada en el centro de mi pecho. En realidad no sé si pueda ver o no el futuro, tampoco puedo ver los eventos como hechos aislados o producto de la casualidad, ni mi mente ni mis emociones lo permiten mucho menos al recordar la omisión de la d en mi nombre.
Mi abuela habló del hilo que arrancó en los anagramas, y veo que ella adelantó el hecho de narrar, soneto, letra, lotería, ángel, red, alto, tengo, tele, ganar, orar, neta, hada, hila, iré, ato, ala, día, gato, Aura, son algunas palabras que emergen de mi nombre, forman parte del aburrido ciclo humano y el pan duro de cada día.


Error se escribe con h.

A. descubrió que en cinco meses mis historias de fracaso pasarían a formar parte del pasado, –lleva  a cabo ciertos actos de psicomagia, el inconsciente va a saber  abandonar anécdotas intrincadas y saturadas de errores; será metáfora, no temas-.
Cuando era niña y aprendí a escribir la maestra nos encargó de tarea dibujar y escribir una palabra que iniciaría con la sílaba ma/me/si/ so/ su/ al final del dibujo. Deberíamos titular nuestro trabajo. Lo titulé Herrores. La maestra me regañó, se burló de mi falta ortográfica. Yo apenas tenía seis años y el primer dibujo iba dedicado a mis padres. Mi mamá lavaba, dentro del cuadro había un ojo viendo algo; enseguida  mi papá sentado bajo las nubes, le sacaba punta al lápiz con su adorada daga.  Le escribí la palabra mamá.
El siguiente dibujo fue mi casa, era una casa con pórtico de entrada en forma de triángulo,  de donde salía humo de la chimenea; luego un rectángulo formaba el resto. La puerta iba al centro y de ahí un camino en forma de curva daba a otra casa. Dibujé una familia y una ambulancia. Los hados, mientras sus habitantes dormían, les mostraban trucos de magia para ser dichosos y a veces los duendes les jugaban bromas. Le puse la palabra melo.
En el tercer dibujo estaban unas brujas, pero eran brujas buenas, con trenzas en la cabeza y cuerpo de víbora,  de sus piernas saltaban pelos y sus manos siempre rogaban al cielo  curar a las personas con sus cuentos y ungüentos. A este dibujo le escribí silencio porque la maestra repetía la palabra varias veces al día. Silencio, silencio; nos advertía.
 El cuarto dibujo fue dedicado al futuro; junté dos delgados óvalos. Con las dos manos cargaba los certificados que ya me había ganado cuando adulta, de mi cabeza salían plumas teatrales, y alas, los zapatos que llevaba puestos eran de lujo, apuntaban a los dos lados porque todavía no tenía noción del juicio. Mis faldas eran amplias, se esponjaban. Mi cabello largo, le saltaban brillos. Le dediqué la palabra solo.
El quinto y último dibujo estaba saturado de gente, eran mis hermanos y familiares, además yo estaba en el centro de un teatro grande; las gradas se ocuparon de personas que fueron a escucharme, a saludarme, entonces tracé manos tocando mis manos, abrazos dotados de líneas en el sentido hacia arriba con cinco rayones cada una que representaban los  dedos, recuerdo que cuando dibujaba, los dedos se peleaban por ser del mismo tamaño, tuve que recordarles para qué servía cada uno, finalmente comprendieron que cada parte del cuerpo tiene su función y es sagrada. Le escribí la palabra subir.
 Junté los cinco dibujos, les hice tres orificios con la daga que mi papá usaba para sacrificar marranos. Le pedí a mamá que amarrara las hojas con estambre morado.
Las hojas salieron volando en el tiempo, mi mamá dejó de lavar la ropa porque su arqueada espalda y sus prominentes pechos ya no aguantaron el peso. Mi papá se hizo amigo de los cerdos, platica con ellos en Ciudad Juárez.
Cuando le entregué mi tarea a la maestra F. apenas amanecía, eran las 7.30 am; abrí los ojos y estaba en El Paso Tx, mis dibujos se habían convertido en realidad, vivía en una cabaña con triángulo de lado. Recostada en un sillón que daba al río,  había pasado dos días leyendo a A. y yo escribía en una lista las cosas del error que aceptaba en mi vida.
A. dijo que debería sellar la lista con sangre, la sangre la extraje de mis encías temblorosas. Leí que enterrara las palabras dolosas y puse encima una maceta. Lo hice. Además de la maceta, adorné el espacio exterior con una bicicleta amarilla; desde entonces sé que error sí se escribe con h porque es muda y sigue sin hablar.  

 Querido lector:
La creación literaria es sin duda un deleite pero también es arduo trabajo. Favor de citar debidamente a la autora (Hilda Yaneth Sotelo).