domingo, 16 de septiembre de 2012

De los encuentros de escritores en Ciudad Juárez 2012.

Hace unos días tuve una pesadilla, bueno en realidad fue un sueño, ¿o pesadilla?. No lo sé, lo único seguro es que la sensación agridulce permanece y regresa cuando le da la gana. Escribir es terapéutico, eso dicen los sabios que imparten talleres de escritura autobiográfica, también lo dicen algunos blogeros que cada día son más y más y para rematar el asunto de la autosanación a través de la escritura Mont,  tallerista colombiano dice que uno cuando se tira a las aguas de la narrativa, las piezas dentro van tomando su lugar, ¿magia? Tal vez. Yo digo que cada una de las versiones anteriores tienen su porción de razón. En lo particular la gran terapia estriba entre mis pesadillas y sueños. Aquí una pizca de eso. Dormía, en mi ciudad se llevaba a cabo el 2do Encuentro de Escritores por Juárez y Literatura en el Bravo 2012. Entre la confusión que causa estar soñando vislumbré al entusiasta grupo de escritores independientes. Les sonreí a la distancia, noté que sus rostros eran familiares. Al parecer yo conocía perfectamente a los tres protagonista de la idea. En mí sosteníamos la sensación de la eternidad, al menos eso pensé. Durante algunos meses los tuve en realidades paralelas, mi mundo romántico. -No, ¿cuál mundo romántico¿-, dudé ¿iré sola en este viaje? ¿El Quijote se habrá apoderado de mi mente?. La gente me veía con ojos de ¿What? La hemos perdido, pensaban. 1 de ellos levantaba la mano como solía hacerlo Hittler, ordenaba entre chillidos, sonrisas arrepentidas y desveladas sin piedad, abortaba la inspiración colectiva. Se perdía en las definiciones, deseos infructuosos, de poder pero poder mal plan, poder que nace de la frustración y el opresor. Aquel hombre no podía ser el joven idealista, dinámico a quien confiaron el proyecto de la ciudad muerta, entonces, la pesadilla iniciaba. Era un jueves, yo debería estar en el café del Segundo Encuentro de Escritores por Juárez a las 6pm. Llegué a las 6.40 pm y ya el reloj acusador señalaba el desatino y la espantosa realidad peluda, amargada, hiel.
Adentro del café estaba otra escritora Ella finalmente se había atrevido a compartir sus escritos, la sola idea de pronunciar un verso poético fuera de su casa la paralizaba. Los escritores intolerantes , pesados, expertos., ignoraban este hecho, atacaban la osadía, defendían el tiempo, pareciera que los minutos cargaban brillosas cuerdas a estrangularlos, -¿por qué se toma casi 30 mins en leer su cuento la escritoida esta?- alegaban. Criticaban a lo arrogante, seguros entre las paredes de sus comentarios - el escritor debe ser mierda, tener toda clase de enfermedades mentales, es el estilo. Debe ser inaccesible, elitista, sólo Monsi es del pueblo- -ah y no se te olvide el sombrerito, el pelo largo y el aspecto pandroso,olvidadizo, divo-. Las implacables voces penetraban la mente a los novatos, vi sollozos en cada esquina del café mientras la noche nos consumía en la presentación de los becados, rica Gasolina y los bienaventurados del 2012. De pronto yo ya estaba en la repetición de la pantalla. Luego las horas pasaron y los organizadores Otra vez jueves, la pesadilla fue peor, el encuentro oficial, el de los dependientes, también se presentaba. Justo en el Ángel Trías, los independientes, hablaban encerrados tras una mesa rectangular, atrapados en realidades que desprecian y anhelan cambiar.Mi pesadilla aún no termina, los minutos nocturnos del jueves traían la soga al cuello, ahora sí, todo el lazo en el gaznate. Subí al estrado. Vi dos caminos, uno me invitaba a comer tacos, el otro quería vino, quesos, egos neuyorquinos, escritoras que se fugan a Estados Unidos, fotógrafos suertudos. El primer camino estaba a mi lado derecho, el segundo a la izquierda. Escogí el dos, atrevida de mí. La pesadilla se alargaba, caí del trecer piso, volaba en picada mientras una bicicleta rociaba excremento de perro en mis mejillas. Transitaba en la Paseo Triunfo, y enseguida el fracaso. El amor me arropaba con un beso, un beso, tierno beso. Confesé estar enamorada. La pesadilla cambió el tono, era amor sublime, -no, amor no, no por ahora- afirmó el terror. Desperté a media noche, sudaba. Recordé a mi perro y su original habitat en el techo de mi casa, llevaba varios días sin limpiar su heces, me prometí hacerlo en cuanto amaneciera. Después de tomar dos vasos de agua fresca. Regresé a la cama, cerré los ojos, volví al encuentro pero esta vez el tiempo se adelantaba. Era sábado por la noche los desencuentros en la Ave Juárez, coches mal estacionados, laberintos mal olientes, entretenidas bandas de creaciones átonas en sentidos embriagados. Rosas afuera del Yanquis, los mismo ruegos del -no huyas, no te vayas-. De frontera a frontera con lo mismo, la Juárez, la Revolución y la auténtica que nomás no llega. La verdadera transformación alucinada en A paso de cangrejo. Pesadilla. Lados oscuros que amenazan a los sonrientes. Luego el viernes, una misión cumplida, homenaje al escritor. Se cierran círculos entre alumnos y maestros, rescatan nitidez en las memorias. Y otra vez el viernes en miradas diferentes escritas por ahí. Un descanso, urgía la paz. El sábado por la mañana los ventanales del Cibeles permitieron que el sol se asomara, los niños se servían sendas tazas de café y pan dulce, corrían de un lado a otro listos para disfrutar un recital. El propósito original de los independientes amenazaba con difuminarse entre las mentiras, y el brazo saturado de miedo. Los niños, los jóvenes, las buenas intenciones, las consciencias lo salvan todo. Inventan un entretenido juego de lotería literaria, hemos ganado, los talentos derrochan. El Cuentacuentos, los organizadores que rescatan el parque que una vez fue abandonado gracias a la apatía gubernamental, la maldad. Campeón come tacos, y el saturado mundo del infierno que no nos suelta. Decido regresar a casa pero antes apagamos la velitas de un cumpleaños en el café del jueves. Sí, lo reconocí al acto, era el mismo café donde los demonios se habían escapado, dejaban, soltaban la mano de su libro azul, su creador, y daban rienda suelta a los deseos. Ahí nos acompañaba una mujer del planeta Vasco, entonaba Las Mañanitas en su idioma, la española traga monedas, good for her. El otro idioma suyo nos hablaba, la descubrimos, la desnudamos, le dimos la bienvenida al Juárez reinventado. Vaya pesadilla. No hubo conquista, sostuvimos una guerra dentro de otra guerra, fastidio. No supe cómo cambiar de pesadilla, de escena en mi sueño, mi cuello se encogía de pena, mi cabeza estallaba, una flama roja emergía, le urgía cerrar las vivencias de este encuentro. Algún custodio de los sueños se apiadó de mí, me presentó con un escritor colombiano, tallerista, él veía luz en Ciudad Juárez yo veía luz a través de él. Bendije a los organizadores de la literatura brava. El escritor colombiano otorgaba las llaves en frases simples, sencillas, -humaniza tu escritura-. Insistía. Mi dormir en pausas arrancaba la ira del estómago traducido a vocecitas expertas en el sarcasmo.- Jajaja, qué estás haciendo en ese teatro, ni siquiera sabes. ¿Te acuerdas del descabezado del puente? Jajaja, ¿cuál de todos? es sarcasmo,¿sarcasmo?. Sí ve y dile a todos que yo soy una loca que te está acosando, viste mi ropa si quieres-. A la voz le encanta perder el tiempo en chistecitos tontos. Y de un salto Ibarbuengoitia (diéresis) con su Pampa Hash cargaba. Cargaba ramos de rosas rosas y la maleta repleta de ropa francesa, un cierre burlón se asomaba. Le supliqué cargar con la loca, los encuentros de escritores y el ego cabezón. Al palmo obedeció. Favor entre escritores, creo. El cierre estaba a la vuelta de la esquina, saltaba de la maleta de Ibarbüengoitia, abrí los ojos, vi el despertador faltaban cinco para las cinco, mi piel parecía una pasa, la han succionado sin piedad, mis labios secos apenas emiten sonido. Volví a desprender el cuerpo - el cierre, el cierre- Gritaba el custodio de los sueños. El último tirón Colombia presente una vez más, hablaba iba vestida de blanco, recordaba la mujer que barre las sombras sin percatarse que arriba están las flores blancas. A la salida del teatro la pesadilla señalaba con su dedo índice vi aglutinamiento por doquier, las personas confundían términos, nada de dialéctica, la luna no era luna, al parecer hacía milagros. El recinto disfrazado de Raramuri, deberiamos protegerlo. Al Secretario de Educación despreciarlo, a la Tarahumara usarla, al Secretario también, y a la secre de pasada. La puerta se abría me crucé con el Secretario quien me reconoció al instante, me abrazó fraternalmente, nos despedimos ya atrás los murmullos recelosos,- vieja tonta, así debería tratar a las inditas, para qué saluda al burócrata-. ¿Para qué escuchar el comentario? El cinismo a todo lo que da. El abrazo sólo se plasma, escucha al corazón. Doy tres pasos y el conferencista está a mis espaldas, volteo, intento saludarlo,la mujer Tarahumara me hace a un lado bruscamente, dice, -ya nos vamos, yo lo estoy cuidando- Ufana recalca - Tenemos que estar en un restaurante-. !Quiero despertar! Auxilio. La peor de las pesadillas muestra su rostro, hablamos, hablamos, ya casi nadie escucha.  Pinches encuentros literarios de mierda, hacen todo menos literatura, ¿qué les sucede a esta gentuza?. -Oye, oye, oye, ¿estás despierta?. Ya, ya desperté, vi a un Ciudad Juárez amigable. Ahí andan keske analizando poesía, escriben para el lucimiento. Y sus lentes ya son de verdad, jajajaja, qué tonta mujer esa, la psicópata que te seguía a todas partes y luego te acusó de acusarla. Fue una pesadilla, sí que asoma su feo y altanero rostro. Bah. Olvídalo. Hiciste buen trabajo, le arrancaste lo escritora, ¿escribe? Creo que sí. Pos que le vaya como le tenga que ir.
 El cierre de los encuentros subió en un restaurante en Ciudad Juárez. La dirección no me fue revelada, por una simple y sencilla razón, yo sólo estaba soñando, escribiendo en la sana locura.