martes, 5 de junio de 2012

Albe

Apenas le veía el rostro. Era un ente blanco, aceleradamente blanco, su cabeza calva con la coronilla abierta conectada a un chorro de agua exquisita, espesa en su color pastel. El ojo derecho sufría extravismo, el izquierdo estaba en su lugar. Su cejas pobladas hablaban de alguna referencia humana. De seria mueca arqueaba los labios hacia abajo, en señal escéptica. De pronto sonrió, así permaneció en aparente armonía mientras una mascota jamás connotada por estos rumbos le acariciaba el hombro.
Yo observaba con la limitación de mis ojos escuché clarísimo su nombre y la razón de su existencia. La traje a mis sueños pero aquellas aparaciones eran débiles, tontas, todavía no podían transitar las dimensiones, se quedaban atrapadas en las ideas, los debates, las burlas, el sarcasmo, la ironía que sin rozar la perfección, abundan. La imitación de la figura, impetuosa desea penetrar por el canal más bajo desde los escalofríos en las piernas, está ahí durante la tarde, especialmente cuando los vientos provocan tormentas de arena.
La hora de cerrar los ojos había llegado, evoqué al amor, esa sensación que se extiende en el pecho y provoca el rejuvenecimiento. Recordé la hermosa mañana del domingo acompañada de mi amiga escritora, el desayuno, algún manifiesto a redactar. Dormí en dulzura y paz protegida, como suelo hacerlo. Olvidé al esperpento.
Al despertar lo busqué.
No lo vi. ¿Qué pasaba? ¿Qué broma era esa? Las enemigas estaban al acecho, una a una,las vencí. Los hombros ardían al deseo de venganza, ¿para qué si ya estaban vencidas? ¿Por qué me empeñaba en regresar a los capítulos del sufrimiento? ¿Qué detenía al cuerpo y lo mantenía estático viendo hacia el techo pensando una y mil formas de manipular la realidad hasta ver materializados mis deseos?
De pronto la forma reaparecía sin sonrisa, ahora tenía una mano de siete dedos, en cada yema estaba impresa una tarea. No se percató que había sido descubierta, el llanto de una criatura la distrajo. Yo la observaba invitándola a entrar en mis miedos. Su mano cayó al piso, de pronto los dedos salían de mi vientre bajo, remolineaban mis vísceras. He sido testigo de mi propia destrucción, la templanza no fue suficiente cuando al dar la espalda al techo el ente estaba en mi cama, a mi lado derecho, después izquierdo, parecía ocupar todos los espacios. Las sábanas blancas intentaron cubrirlo y apartarlo de mí pero ya era demasiado tarde, un deleitoso orgasmo rondaba, tres arañazos en mis brazos. –Tú lo has pedido, recuérdalo- La vocecita que todo lo sabe advirtió. Bloqueaba a la conocedora, no sabía mucho, ignoraba que estar en el envase del ente es atroz, ninguna voz tocaba. ¿Qué brusquedad en la búsqueda había colindado con semejante creación? Las otras realidades paralelas sufrieron amnesia temporal. Aquella tierna mujer de rostro enternamente infantil, mirada rosa, candor en los labios y pelo rizado no asistía al atropello que recién se cometía en mi cama. Los sueños inclementes se ubicaron en el respaldo caoba, encontraron una esquina y ahí navegaron los credos judíos, árabes, cristianos y chamánicos, no rescataban. Yo no suplicaba, ni rezaba, ni pedía ayuda, transitaba al ente como si ya lo hubiese visto infinidad de veces en el pasado, me era muy familiar. De pronto éste dejó de ser compañía para convertirse en una extensión de alguna cuadratura dentro, despojos de pelos café claro se materializaban encima del colchón, la mascota que antes cargaba el ente al cual posteriormente cambié el nombre y bauticé como Albe, fue a dar a la alfombra recién aspirada, intenté acariciarle el rostro pero no lo ubiqué. En vano imaginaba cómo era, la definición se escapaba entre la lucha por desaparecerlo y aparecer a su mascota.
Aquellos días fueron devastadores, el techo me seguía a todas partes, limitaba mis discernimientos, invitaba a lo inimaginable y salvaje, me perdía danzando al revés. Fue tanta mi confusión que pensé estar enamorada de Albe. Se supone que yo sabía cómo exorcizarlo, tonta, que en uno de esos momentos de observación ésa o éso imitaba mis decretos, los canturreaba idéntica a mí. El tiempo se detuvo fuimos una/o por unos instantes, yo había decidido cerrar el canal del audio, así es que, leí en sus labios su vocifero. De mí partían bendiciones según el ritual y regresaban maldiciones. Era justo el encuentro, nos reconocíamos sin gusto. Me siguió pareciendo imbécil, ridículo hasta el punto de sentarnos en una inexistente mesa redonda, dialogamos, descubrí que le gusta su conformación, es responsiva ante el amor, lo desdeña, y devuelve odio, patrañas cuando lo tiene frente a él, ella.
Al minuto y durante nuestra conversación se manifiesta una balanza, una mujer vendada, ciega, vestida en sábanas blancas. Tuve que dar un azotón con la mano para indicarle que se largara y dejara la sentencia para otra ocasión, la mujer marchó ecuánime.
Al término del encuentro tomé del cuello a Albe, estaba fuera de mi cama, lo contraje hacia mi cuerpo, clavé mi mirada en su frente plana y aguada. Qué pena verlo escurrir y transformarse mitad ella, mitad eso. Qué horror reconocerla en mi camino rumbo al gimnasio, la biblioteca, el salón de clase, en todas partes eleva la mano a saludar mientras yo la despido con una amplia sonrisa.
Esa malformación me había estado buscando afanosamente por varios años. Moví mi cabeza en señal de desaprobación, al instante me percaté que había sido enviado en encargo específico. Le habían grabado unas claves en sus dedos, era de ángulo servil. Su comitiva, desviarme de la fuente, al reconocer la voz malévola dentro. Sentí un enorme deseo de asesinarlo/a al saber la verdad pero ese término no cabe en el mundo donde estábamos, o seguimos estando., entonces, inicié el juego, un juego que por poco me manda a la locura y rotundamente cierro ahora. Apeló a la razón.
Yo que últimamente renegaba del raciocinio, le tuve que estar agradecida porque fue el único enlace a la cordura, airosamente me ayudó a escapar.
Una vez fuera y un poco de alivio provocó al techo abrirse, la mesa no continuaba. Entre los granos de la pintura marrón de la recámara, emergía un calendario, habían pasado cinco meses desde la advertencia de que una nueva identidad me esperaba. Jamás imaginé tal nivel de oscuridad en la novedad. Cometí el grave error de adjudicarle mis hechos al ente maldito, cuando ya recuperada del susto decidí apropiarme de mis desaciertos.
Agradecí a Albe haber movido su estela hacia mí. ¿De qué ha servido? No lo sé a ciencia cierta aún. Lo único que puedo asegurar es que dentro de su mundo oscilatorio en odio, ha hecho de mí una persona diferente, de cuidado.