miércoles, 25 de enero de 2012

Partiendo

- Partamos a Bordersenses el evento inicia a las 7pm- Propuse

-Partamos- Contestó el poeta.

La cita era a las 6pm tendría que pasar por él a la calle Sun cerca, muy cerca de la Alameda. Antes debería pasar a Western Union a enviar unos dólares destino Medellín Colombia, el dinero era el anticipo de un trabajo de edición de mi más reciente novela. Había buscado un corrector y finalmente alguien por internet había recomendado a una persona de nombre Arthur Henry quien a su vez empleaba a maestros-editores de varios países de Latinoamérica. El asunto fue que la escritora sincrónica en mí se sentía muy bien por dos razones. Una, finalmente las correcciones a su novela estarían en función y dos estaba, con su aportación, dando empleo a una persona de nuestros gloriosos países latinoamericanos.

Una vez hecho el depósito el sol parecía brillar aún más pero no se apreciaba porque la calle Alameda está repleta de negocios de venta de automóviles, sucios restaurantes chinos, mexicanos, mal olientes alcantarillas, moteles de paso, bares de cuartos gigantes, tiendas de autoservicio con servicio en el mal gesto. Igual, el sol hacía su fiesta de colores sin importar lo pagano de la calle. A todo motor, la escritora, viró a la derecha en Riverside, después vio rápido la palabra Sun puesta en algún nivel del ambiente, efectivamente, ahí, ya el sol se pudo apreciar en todo su esplendor. En unos minutos le pareció ver lagos y altos pinos, casas de construcciones y fachadas impecables, un enorme y bello edificio de la Iglesia Episcopal, calles en línea o en curva de certeza hacia la dirección correcta. También vio al amigo-poeta cerca de la casa #10 moviendo su brazo confirmando la anunciada partida al evento nocturno en la calle Texas.

Una vez en el lugar ellos entraron precavidos, expectantes. Ahí las personas parecían libres de saludar o hacer mal rostro en ganas, hablar a lo loco, escuchar al saxofón que respondía a cualquier pregunta obscena. Y al final del patio casi a la entrada del restaurante estaba la adorada Lubina, sin reconocerla de inmediato, la escritora creyó estar viendo una versión totalmente diferente de aquella mujer obesa y cariñosa de antaño. Lubina a sus 63 años había tomado decisiones contundentes, admirables, inspiradoras. Cambió de profesión de maestra de preparatoria a terapeuta, su alimentación había sido su medicina, había perdido kilos, varios kilos

-¿Te molesta el humo del cigarro?-Le pregunté

-Sí, pero estoy tan contenta de verte que prefiero que me humees toda a que te apartes de mí ahora.

-Leí tu correo, ¿Qué te has graduado de Psicología ? ¿Qué pasó con tu trabajo de maestra?

-Me retiro en tres años, ahora estoy en prácticas por las tardes, luego en cuanto se dé, acondicionaré un consultorio para mis terapias.

- Tú dime en qué te puedo ayudar, ya sabes que te admiro, respeto y me encanta estar a tu lado.

- Mira que sí me puedes ayudar, con la literatura específicamente.

La escritora no sabía de qué forma Lubina, en un mundo paralelo reunía sus propios talentos y los aplicaba en su consultorio.

-¿Cómo Lubina, cómo la literatura?

-Mira, no hace mucho tuve una paciente de cincuenta y cuatro años, ella llegó por una severa depresión, decía que poco a poco perdía la memoria, que cuando cocinaba enchiladas debería poner los ingredientes en meticuloso orden, escribía el nombre de cada uno para no cometer un error al zambullirlos en la receta. Después se daba la vuelta e iniciaba una vez más a buscar los ingredientes y los acomodaba en otro lugar pensando que eran del alguna despensa nueva o tal vez alguien más los había puesto ahí. -¿Quién habrá dejado esos ingredientes sobre la mesa? Son unos desordenados-. Se preguntaba.

- Qué triste situación

- Sí, sí. Llegó a mí en un mar de llanto, aclamaba a su madre muerta en vida y en un sueño reciente, le reclamaba a ella, encerrada en un ataúd, le gritaba - tú me dejaste, yo tan sólo tenía ocho años, ocho añitos, te fuiste, me dejaste- Ese sueño lo narraba frente a mí, llorando, llorando, sollozando con el corazón triste. Vino a mi mente un cuento de Cisneros, Once, ¿Lo has leído?

- Lo recuerdo, sigue por favor.

- El cuento que dice, hoy cumplo once años, pero también tengo siete, ocho, nueve. Es que uno lleva cada año atrás, encima. Le leí el cuento a mi paciente y ella poco a poco consoló al alma, vio que su pena era el dolor de aquella niñita de ocho años pero que al presente tenía 54 años. Espero que muy pronto sueñe diferente, y abrace a su mami y cocine esas deliciosas enchiladas para sus hijos que a su vez necesitan de su abrazo.

- Lubina, qué hermoso trabajo, eres una mujer extraordinaria, sensible. Ahora ya entiendo lo de la literatura en un consultorio terapéutico.

Lubina insistía en que los músicos tocasen alguna pieza bailable que en son de saxo meloso decidieron mover el ritmo al compás del entusiasmo de Lubina, y otras dos mujeres quienes movían la cadencia de sus propios vestidos rosas, azules, blancos. En el patio del lugar, en la fiesta de Bordersenses bailamos un paso adelante, otro atrás, luego de lado en el árbol que bloqueaba la danza a unos alemanes que jubilosos asomaron la mirada a bailar los ojos, sonriendo palpando el gozo de Lubina que recién platicaba con ellos en su precisa lengua.

El poeta y yo nos perdimos la pista; encontrarnos se debía al suceder del laberinto que formaban nuestros saludos por separado, se esfumó completo de mi mente, yo de la suya. No supe del tiempo hasta que de pronto lo vi frente a su editora, una cerveza y la barra del restaurante. Los tres nos atrajimos frente al calor plata del acero en recipiente del agua, conversábamos sobre la posibilidad de una realidad paralela ahí, en el instante. Abrí mis ojos sincrónicos, asombrada de estar viendo fantasmas revolotear los olfatos.

- Yo escribo poesía del lenguaje, la otra poesía no se me da. Cuando leí el trabajo de Emaju lo disfruté, lo admiré, por eso le invité a que publicara en mi editorial. A veces no entiendo cómo se trabaja en México ¿Por qué no los publican allá? ¿Por qué aquí en nuestra universidad se estudia a otros poetas de Latinoamérica y mexicanos casi no? Yo me enamoré de la poesía de una mujer local, la busqué desesperada, deseaba conocerla. Lo único que sabía es que ella era de Juárez y hasta escribí un poema para encontrarla, no comprendía por qué había leído en otras partes de Estados Unidos y jamás se le había invitado a leer en Juárez o en El Paso. No comprendía.

-¿Tú, que escribes? - Preguntó la editora

-Yo escribo novelas, fantasía y por ahí ando en la pluma, el teclado-. Aseguré.

- A mí me gustaría que un escritor me escribiera otro personaje que hubiera sido.

-¿Un personaje que hubieras sido?- ¿Una realidad paralelea o algo así?-Le pregunté

La poetiza editora no daba cuenta que efectivamente ella ya estaba siendo quien deseaba ser en ese momento. Los gestos, las palabras, el rito, el tarro, la olla de acero sólido que gritaba el

matrimonio, los hijos, la institución en el credo conyugal, sus manos abrazadas de un deseo, la blusa estampada de caracoles, la pequeña flor blanca en el cabello, el torrente de pasión al defender una causa de escritores de la frontera mexicana. El muro que le bloquea su pasado en Durango, en Chihuahua. El dolor de la huída de sus padres de un país lleno de ingratos y corruptos gobernantes, el silencio muy cerca de la Zona del Silencio, las minas, trabajo arduo de su padre arrastrando el mazo mango de madera correosa de los años de angustias, hambres, zozobra, escaso porvenir, pastos secos. Acero del mazo implacable que se cuela en los minutos de la poetiza madre en angustia de un futuro ya culpable por omitir haber sido quien sin duda es y sería, una gran mujer al cuidado esmerado de sus críos.

- No puedo descuidar mi labor de madre, de esposa a cambio de la poesía. No podría. Yo entregaré a este país a buenos ciudadanos, esa es parte de mi tarea, lo que yo escogí. Además, me casé a los treinta y un años.

La madre, poetiza, editora, esposa, amiga, hablaba al tanto de los ojos rojizos al verse momentáneamente en la monotonía de una casa sin paredes ni decoración, absorta en una labor que no distaba mucho del trabajo bajo el sol allá en Durango, ardua labor de campesina que a diario cargaba, arrastraba el morral en los cansados pasos de quien, sin prisa, abandona el pensamiento hacia la poesía, ya en su habencia. El repente al predecir la cercanía de la lluvia al ver subir las hormigas a los árboles, la humedad a la distancia, el verdor asomado naturalmente en sus pupilas, su corazón fresco muy diferente a los cansados pasos. Ahí, en el trayecto a la labor, las voces eran una, no existía un cuaderno, tampoco una escuela, ninguna métrica, no autores afamados, no antecedente limitado en el espacio de " la otra poesía ". Su única herramienta, el lenguaje, el códice en su ADN, herencia indígena, un habla franca siendo una con el canto del cenzontle, el aroma del maíz en los coricos de Semana Santa, los panecillos en forma de diamante, hablando en suave voz, ya bajaba las frases armónicas, las medía por intuición usando el pulgar y el índice, dando espesor, altura, textura y color a cada palabra.

-Pasando en ecos, pasitos arriba, la lluvia en la lengua saborea este día-. Silbaba la recién inventada frase, hasta que algún, realista, la acusaba de loca que habla sola. Ella prefería callar debido a su timidez, su obediencia hacia la buena convivencia. Jamás, jamás dejó de crear y recrear los mundos que se le ofrecían le hablaban en la espera celestial a ser ahora ella eterna quien da gracia a una pluma, un papel, una escuela, un teclado en comunicación que rehúsa a robotizarse al vivir en el fragmento consciente, dolido. Ella en horizontal seguía la línea de su destino en el todo que ha explotado decidido hacia el donde, en la única pieza deleitable, la poesía.

-Probablemente te escriba pero qué importa, en este momento, no importa. Lo que tú deseas que se escriba de ti ya está escrito, yo sólo lo bajaré, tal vez, no lo sé. Viene a mi mente un versículo de Juan que dice yo tenía muchas cosas que escribirte pero no quiero escribirlas con tinta y pluma porque espero verte en breve y hablaremos cara a cara. Platiquemos María, platiquemos.

Mientras llegaba el dictado de María, dos apuestos hombres se aproximaron a la conversación. Uno a punto de graduarse de un tal doctorado en Literatura Medieval, otro, un risueño colombiano a punto de viajar a la Ciudad de México por primera vez. Invitaban a salir a fumar un cigarrillo y a platicar sobre el próximo inmediato fin del mundo.

- Mira te presento a Pedro.

- Ah ya lo conozco, fue mi profesor en la Universidad.

- ¿Qué pasó con el cigarro, me regalas uno?

-Claro. Eh, sólo queda uno, creo que habrá matrimonio muy pronto, fuma, fuma.

El buen augurio del colombiano, recordaba al más reciente colombiano, al del Western Union. Además la cercanía del cuasi doctor inquietaba la posibilidad certera de las palabras del rubio de Colombia quien temeroso anunciaba también el fin del mundo. Dos acontencimientos similares sin duda, el matrimonio, y el cataclismo.

- Hagamos honor a tu predicción, fumaré el ultimo cigarrillo de tu cajetilla entremos a la máquina del tiempo, tu irás a la Ciudad de México a pesar del fin del mundo.

- ¿Cómo lo haré, el mundo se acaba mañana 21 de mayo y yo viajo el 24?

- ¿Mañana se acaba el mundo?-Interrumpió Pedro

- Según un neoyorquino que ha gastado 140 mil dólares en publicitar la noticia-Replicó el colombiano

-¿Otra vez se acabará el mundo? Por si las dudas yo tengo todos mis papeles en regla- Afirmaba Pedro.

Pedro y el colombiano conversaban mientas la máquina del tiempo implacable hacía de las suyas

- ¿Ves aquel edificio blanco, de destellos rojos?

- Sí, lo veo

-Sí, sí lo veo

- Es Bellas Artes, ya estamos en la Ciudad de México. ¿Sientes el rojo de la luces? sí de pronto ves un destello azul, no temas, son los extraterrestres que nos guiarán al futuro.

- Ah que emoción, este lugar es el Zócalo, ¿verdad?

- También puedes ver la luna asomando en Palacio Nacional pero debes tirarte de panza hacia arriba pa que aprecies mejor

- uuuhhh ¿ Y ese anuncio de Wells Fargo, que hace ahí?

- No te fijes en pequeñeces, los gringos van por todas partes.

Una mujer de avanzada edad se acercó melosa, acaparando la atención de su hombre. Salimos de la máquina del tiempo, luego, el almost doctor promete un encuentro al mañana que se escribe a placer, sin haber sucedido en el tabaco concluyendo algún ciclo de plenitud en dos enamorados.

-La partida hacia Bordersenses fue una idea genial, vi gente conocida, vi otros rostros, creo que he madurado, ya no me llama la atención seducir a señoritas, escucharlas sonreírles aprobar sus bobadas con la única intención de llevarlas a la cama, eso es pasado- El poeta refelxionaba en voz alta.

Los dos salíamos del lugar y la fuente de los deseos, el olor a peces. Escapamos del árbol de olivo. También caminabamos a toda prisa olvidando la calle Texas, La Alameda, las ediciones, las letras, las publicaciones. Entramos en un túnel que gira desesperado a demoler cada espacio indesable en los dos. Soltamos el siguiente encuentro al destino a los sincronismos que confrimaban que efectivamente el poeta y yo habiamos tramitado experiencia. Lo supe cuando leí que partíamos a Bordersenses, lo que ignoraba era la partida claro está.