viernes, 27 de enero de 2012

La danza de los caireles. Rosa viejo.

Rosa viejo

-¿Como podría borrar las imágenes que tengo metidas en la cabeza, aquellas figuras de horror del descabezado del puente, el que vi cuando iba rumbo a la universidad? ¿Por qué escogí ver, por qué he vivido esas experiencias? ¿Qué me quiere enseñar mi Ser o mejor dicho qué busco demostrarme al poner mi cuerpo en esos eventos a estar tan cerca?

- Mira Antonia, pertenecemos a un sistema muy pero muy injusto. Es decir, vivimos en un mundo donde la ambición pude más que las bondades. El hombre no ha aprendido a estar en armonía consigo mismo, mucho menos con el vecino; entonces la probabilidad de que a ti, o a mí nos sucedan o seamos testigos de eventos desfavorables es alta; especialmente en Ciudad Juárez. Comprendo tus inquietudes de joven de veinte años.

¿Te has percatado que algunos comentaristas de radio o tv usan el conocimiento de la Nueva Era para justificar a los delicuentes cuando cometen atracos a los que poseen riquezas, o a los gobernantes o personas cuya mentalidad es exterminar a los grupos de pobreza?

-Sí recuerdo a un comentarista de la radio am que justificaba el secuestro a los empresarios. Bueno, no lo dijo exactamente así. Dio la noticia y al final comentó -es por eso que los secuestran porque no analizan día a día los atropellos que ellos mismos cometen en sus empresas-. En otra nota dijo - por eso esos jóvenes amanecen asesinados, destazados, porque andan en la calle delinquiendo.

- Sí, el punto es la violencia. Estamos atrapados en el gusto por la pelea, el discurso sangriento, mofado, irónico el que destruye. Ahora te planteas esas preguntas que un joven de la frontera de hace 15 o 20 años no se hubiera hecho. Esas preguntas podrían encontrar alguna respuesta pero no está en mí, tampoco en ningún libro, esa respuesta es posible que esté en ti.

Antonia se esforzaba a la comprensión, entrecerraba sus ojos intentando buscar en letras o palabras lo que estas jamás responderían. La verdad estribaba en un espacio, un tiempo dentro. En la ciudad el caos era tal que ya los recursos de la razón a una explicación, se habían agotado. Esa tarde Antonia y Sara se irían a navegar al pensamiento mágico el cual alejaría los miedos y acercaría la certidumbre a la explicación.

Antonia era una bella mujer de estatura corta, cabello lacio, negro, mirada firme y entrañable. Asemejaba a una rabina inexistente en el judaísmo, incrédula del poder creativo en la formación de realidades. Sonreía al completar alguna frase bien articulada, sus pupilas volaban a succionar las páginas prometedoras de los libros. Admiraba con reservas a cuanto adulto solitario se le acercaba, brindaba sus manos a perfeccionar textos revueltos, repletos de errores y además enlazaba al corazón a su semejante usando un cordón umbilical que iba colgado en forma de pequeña curva con dos esferas plateadas al cierre. La tarde del 24 de noviembre nos reunimos a celebrar el triunfo de sus sueños, los míos y el del resto de los jóvenes de la ciudad que otrora moría lentamente y ahora bailaba.

-Sara hoy estas cansada lo puedo ver.

Antonia lentamente se levantaba a subir su pantalón de mezclilla hasta acomodarse el arete en el ombligo. Su vientre quedó justo a la altura de la frente de Sara que sintió la breve caricia en el centro de su Ser. En ese precioso momento Antonia develaba un secreto centenario, había perforado su vientre hacía muchas vidas, en una montaña de una mañana, le obligaban a cargar unas vasijas con la espalda, le habían recomendado amarrar su cintura, de lo contrario el peso la dañaría. Ella no obedeció y horas más tarde se quejaba de un fuerte dolor que iniciaba en el pecho y terminaba en el ombligo. Su madre llamó inmediatamente al curandero Daniel quien sin ninguna precaución hacía una pequeña inicisión; alegaba que el solpo de corazón saldría por el orificio. Recomendó esperar una horas de recuesto en el catre hasta que él con sus poderes extrasensoriales viese al mal caminar de regreso al origen. Antonia no entendía la razón del tratamiento que lo consideraba absurdo, ridículo. Deseó que al chamán le fuese cambiado la cabeza porque estaba convencida de que aquel hombre anciano jamás transformaría su forma de pensar. Anhelaba tener un gran poder para que el curandero, a quien le había perdido la confianza, dejara esas prácticas sobre ella.

Las horas transcurrían y no había ni pista del destino del mal, el curandero pronunciaba unas palabras al revés, torcía los ojos, la boca se le deformaba. Azotaba con fuerza el esqueleto de una boa a quien llamaba manifestarse para que con la lengua olfateara el soplo maligno y lo hiciera desaparecer. En ese momento Antonia vio un rayo de luna que se filtraba entre la danza del curandero, evocó las fuerzas del más allá, asomó la vista a su herida que supuraba sangre. Tocó con sus dedos el rodar del líquido sobre sus costillas. Con la yema meneaba los invisibles y coloridos caireles de su propio ADN. Practicaba convencida, un ritual que le era familiar. Sus dedos danzaban atrayendo a la serpiente, un filoso cuchillo aparecía en su mente. La abertura impuesta por el curandero ahora medía casi diez centímetros, el dolor del pecho la sofocó hasta perder el conocimiento. Salió de su cuerpo a buscar una víbora salvadora, recorrió la selva, veía monos, pequeños monos, desconcertada pensó estar en en lugar equivocado en su tierra no esos animales no existían; continuó su recorrido fuera del cuerpo mientras las manos seguían tallandose a si mismas asegurando el regreso. Flotaba perdida entre un puente que había sido construido al revés; equivocaba el camino sin embargo seguía, dos enormes cocodrilos le salieron al paso, la experiencia de haber sido testigo de las maldades del chamán que ahora pretendía curarla amenazaba con repetirse. Hablaba a la distancia en el tiempo, colgaba al asesinado decapitado al trayecto hacia el aprendizaje. Se vio una menuda mujer rumbo a la escuela, ella abrazaba unos libros dentro de la bolsa morada, era un bolso hippie, con flores, zapatos desdibujados, pesos de varias vidas. En el todo, vio a un hombre atado de los pies y sin cabeza en el desencaje de las pupilas intentando olvidar la imagen, borrarla en el instante. De pronto un cazador interceptaba la experiencia, la atrapaba en una cobija rosa viejo. Antonia agradecía al cazador que esta vez se presentaba en forma de hombre, era alto, delgado, de ojos profundos, manos largas. Cargaba un conejo en los hombros cubiertos de una cobija de antaño, una prenda que había estado con él 30 años. El cazador tomó un trozo del corazón astral de Antonia, lo metió en el cono triturador se ubicó en la calle Mesa en El Paso, Tx, en un pequeño y sucio apartamento, adoptó características de un estudiante de Escritura Creativa, fumaba mariguana, pagaba 300 dlls de alquiler, y escribía cuentos de suerte. La misión de liberar a Antonia le era muy clara. El cazador atraparía los horrores tejidos en la futura mente de la joven; asesinatos de bala, guerra, miedos, transportes decadentes, ciudades destrozadas, maestros de universidad retrasados, comentaristas alcoholizados, sistemas lineales que renegaban la existencia del espíritu, dones extraviados, vivencias forzadas en carreras de frías madrugadas, padres divorciados, ciegos, ciudadanos hipnotizados, atrapados en la telaraña de una pantalla plana, suicidios, hambre. Todas estas experiencias negativas serían succionadas a través del cono que terminaba en forma de interminable túnel.

El cazador primero se encargaría de liberar a Sara, haría las veces de Salvador que para entonces se manifestaba en aquel estudiante de labios carnosos, figura y altura perfecta. Tocaba la boca de Sara en el beso creativo, lamería los carnosos labios hasta sonrojarlos en el color rosa, la elevaría al segundo piso de la realidad meciendo el sexo al contacto con las estrellas, transitando los sentidos hacia la dirección correcta. El cazador y Sara en el encuentro irían y vendrían al espacio de la coronilla que actúa a lo más elevado. Ellos se reconocieron al instante, incitando el ritual de la caza hembra-varón, detonando la continuación de la danza perfecta del cairel, sin grises, ni oscuridades, obscenidades ausentes. Una cobija color rosa viejo encerraba el encuentro, la misma protección que el cazador usaba al llevarse los miedos de Antonia.

Sara regresaba, recibía la caricia desde el cordón umbilical en el viaje astral de Antonia, veía al cazador en la voz, lo invocaba siendo testigo de la evolución de ambas. Antonia acompañada de Sara retornaban a la fuente, al valle. Sara conducía y paseaba la narrativa de los horrores que Antonia había visto, le explicaba la proximidad del bien y el mal, la convencía intimando en su alma, indagando razones de lágrimas confusas, de lágrimas y temblores atrapados entre el intercambio de la dualidad. El cazador observaba a unos kilómetros de distancia, escalofríos sorprendían al recuerdo de la noche anterior, al futuro con Sara, a la precisión del saber la técnica trituradora de experiencias, él hacia lo suyo siendo un joven, auténtico, amoroso, entusiasta, cazador, orgulloso de formar parte de la danza.

Antonia seguía recostada en el catre de 1528 con la herida abierta. Una peste gaseosa era expulsada sigilosamente por los diminutos orificios de la piel, el chamán cesó el ritual, sintió la ausencia de Antonia cuando había decidido abandonar el cuerpo, era declaraba muerta; arrepentido de sus múltiples máscaras, decidió confesar al supuesto cadáver de Antonia cada una de las fechorías, su poder salía por la puerta y al tanto una colorida serpiente se acercaba amenazante clavando sus filosos colmillos en la espalda del inclinado y arrodillado cuerpo del chamán quien escupía sus confesiones a Antonia seguro de que las palabras las guardaría el vientre y serían tragadas por la Madre Tierra.

Antonia abre los ojos remueve el cuerpo del curandero, cubre con sus manos la herida, desde sus palmas caen dos pequeñas esferas plateadas y con sus propia sangre sana su mal, las manos se alargan hasta el corazón, una serpiente reposa su cuerpo en el de Antonia, la cabeza diamante esta justo en el plexo, es la iniciación de Antonia en los siglos venideros, ella ha sido tocada por el poder corrector de la palabra, palabras destinadas a re programar el rumbo de un país que había estado sometido a la ignorancia, la violencia.