domingo, 15 de agosto de 2010

La confiablidad en los medios de Ciudad Juárez.

Admiro y respeto profundamente a los periodistas, fotógrafos, reporteros, camarógrafos, diseñadores y editores de los medios de comunicación de Ciudad Juárez. A los que el terror de la violencia los sorprendió en el ejercicio de sus profesiones y sin embargo su leal nobleza los lleva a permanecer en su labor en una ciudad desierta. Desierta por la aridez de su clima, desierta porque al pasearme por sus calles sólo se ven unos cuantos automóviles circulando en sus avenidas principales. Muy ausente de la algarabía que fue hace apenas unos años. La misma sequedad de malas noticias, la tragedia tiene, debe ser trasmitida sin alteración aunque los corazones de los reporteros se agiten a la par de de la misma.

Hace algunas semanas asistí a la inauguración fotográfica La otras batallas. Ahí conocí, platiqué con los fotógrafos del Diario de Juárez quienes entre un mar de gente exponían los rostros cotidianos de esta ciudad, el segundo a segundo de la tragedia, la compra del súper, el zapato tenis abandonado y ensangrentado de un pequeño de ocho meses herido de bala en la cabeza. En la página 74 dos jóvenes se besan apasionadamente durante un concierto. A la vuelta la inocencia de un pequeño regalando florecitas silvestres a un militar, sonríe la fotografía y enternece al perrito testigo, a los testigos actuales también.

De regreso a El Paso, Tx un agente de inmigración ojeó el librillo de Las otras batallas, lo dispuse en sus manos, el agente hojeó las páginas. El rostro desencajado del migra hizo mueca al suspirar aliviado de no vivir en Ciudad Juárez arrojó las fotografías al auto, ordenó seguir.

Alcancé la exposición fotográfica a una amiga diseñadora a quien el copioso llanto no le permitió continuar viendo la mezcla de sublimes detalles pero también de sangre. Llegó a la página cinco. Cerró el libro, se llevó las manos al rostro secando sus lágrimas musitando ¨ No es justo, no es justo¨. Su hermano había sido secuestrado y liberado. La angustia de las horas durante el secuestro marcó su vida, la de su familia.

Así de cruel ha sido el retrato, la herida marcada ya en la piel y los músculos de los juarenses. Ese retrato, esas heridas que los medios de comunicación se han dado a la tarea transmitir. Hoy en medio de un país convulsionado, en medio de la protesta exigiendo respeto al periodismo por los recientes secuestros de sus compañeros nacionales, los periodistas de Juárez reportean de día, salen de noche. Un canal de tv local lleva cuenta exacta de los asesinatos, cosa que dudo de que alguna corporación policíaca del país sepa o lleve. Corporaciones policiacas que maquillan, las estadísticas, mismas que los medios se ven comprometidos a trasmitir en pro a informar aunque conocen perfectamente que la cuenta de los muertos de Ciudad Juárez la saben sólo los medios locales.

Los reportajes que otros periodistas globales trasmiten desde la comodidad de sus escritorios, sus computadoras, sus breves visitas a esta ciudad, no se compara con la nitidez mezclada de emoción, razón, fluidez de los periodistas locales quienes gustosos han accedido a guiar otros periodistas mundiales que llegan a la ciudad a observar y escribir sendas páginas a raíz de sus fugaces visitas, no sé si está bien o mal pero a Juárez la han llenado de una pésima reputación. Algunos periodistas internacionales se han afamado. Otros oportunistas han aprovechado la sangre regada para plasmarla en sus formatos de escritura desperdiciando así la letra.

Julio Cesar Aguilera, fotógrafo de El Diario acertadamente cita que Los premios sólo sirven para darte una alegría de 5 minutos, dejarlos en un vitrina y se acabó ¨.

Los comunicadores de Ciudad Juárez viven en el reporte, dejan sus vidas, su energía su esperanza, su nobleza, entre los teclados, los disparos, las grabadoras, las cámaras, los micrófonos, la encarnecida escena del momento que sienten debe ser reportado de alguna forma. Sus familias viven o llegan aquí a convivir con ellos y arriesgados a la par.

El día de la presentación de Las otras batallas, los fotógrafos comentaban de los temores de continuar en la talacha, sin embargo le siguen. Arriesgan día a día sus vidas, autografiaban los cuadernillos mientras acertadamente decían que ya eran fotógrafos cuando México votó por el PAN, ya estaban con el dedo en el disparador de su cámara cuando los balazos atravesaron el pecho de su compañero periodista Armando Rodríguez asesinado el 2008 , las balas ya circulaban incesantes poniendo en peligro a la población. Mencionaban ser el sustento de sus familias, amar la fotografía, la ciudad que los vio nacer. Esa misma noche a pesar del riesgo, festejaron en un bar de la ciudad, cantaron en un karaoke. Sus dolidos corazones se manifestaban al arte sustraído de su profesión. Un columnista local confesó haber escrito un artículo nublado por las lágrimas por el asesinato de su compañero y amigo El Choco. Hasta la fecha no sabe de dónde sacó el ánimo en la palabra escrita de aquellos y estos oscuros días.

Platicábamos y en medio del festejo, la tragedia, yo no atinaba si recomendarles abandonar su labor, propinarles un coscorrón por arriesgados o admirarlos y abrazarlos.

Pues bien, ayer sábado 7 de agosto de 2010 la trifulca alcanzó a la Policía Federal. A principios de este año la PF se instala indefinidamente en la ciudad trayendo con ello una lluvia agria de innombrables eventos, entre ellos el asesinato de una inocente quinceañera próxima a festejar su cumpleaños.

En medio del desconcierto total ayer sábado, una vez más los medios de comunicación se hacen presentes. Cuatrocientos cincuenta policías federales los llaman, gritan desesperados por la recién injusticia perpetrada dentro de su organización.

Los juarenses comentan, se lamentan, ya no quieren ser noticia internacional en la guerra, en lo nefasto. ¨ Merecemos ser conocidos por nuestra grandeza, por nuestra profesiones, no por la sangre derramada. Ahí en el Hotel La Playa hay un descontento. Los federales acusan a su comandante de sembrar droga y armas, de pedirles cuota por permisos, por trabajar. En La Playa se escucha música hasta altas horas de la madrugada¨. Decía la mujer terapeuta mientras masajeaba los contracturados músculos de un paciente estresado por la hostilidad que le trajo el estrés de la guerra iniciada por el presidente Calderón. El joven estudiante de diseño quien corta cabello para sostener su carrera universitaria menea la cabeza negando lo sucedido, lo bloquea. No le gusta hablar del tema, odia que el presidente venga a la ciudad, no le ve sentido a tanto desperdicio de dinero y energías para conseguir nada.

Hoy domingo 8 de agosto de 2010, el desayuno Campesino, el pan tostado con mantequilla, el café con leche es delicioso, lo sirven en un restaurante de Ciudad Juárez. Desayuno que no se disfruta a plenitud al olfatear la sensación de tristeza propia y de los locales. La lectura de los reportajes en la prensa escrita es clara y concisa. Leo los periódicos. Una vez más los periodistas de Ciudad Juárez reportan y hasta los que deberían ¨cuidar¨ la ciudad, la Policía Federal, se confía a los medios sintiéndose salvaguardados con la seguridad de que su mensaje está llegando al destinatario adecuado. Exactamente en la misma mesa donde escribía esta columna un hombre ha sido asesinado, veo la fotografía del restaurante donde hace unos días estuve. Las palabras faltan.